21/11/2025
El festival de rarezas de la Filmoteca Buenos Aires
Gaspar Homps
@gasparhompsoficial
Lugar: Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Av. Figueroa Alcorta 3415, CABA). Fecha: Jueves, viernes y sábados de noviembre. Programación y entradas: disponible acá.
¿Qué colecciona el cinéfilo? ¿Tiene el cinéfilo– como el fanático de la música tiene al vinilo– su modo de expresar su fetichismo?Â
Algunos podrÃan decir que hay ciertas personas (muy pocas) que coleccionan rollos de fÃlmico. Cierto, pero suelen ser colecciones con una intención de preservar y rescatar la mayor cantidad de pelÃculas para que no se pierdan en el futuro. Este tipo de colecciones se reserva para unos pocos; serÃa muy irresponsable de parte de la persona promedio comenzar su propia colección sin tener los recursos necesarios para preservar los rollos.
Otros mencionarán a aquellos que se encargan de coleccionar las viejas revistas de Cahiers, ciertos libros escritos por teóricos o cineastas que son en la actualidad difÃciles de conseguir, o el muñequito del monstruo de la pelÃcula de los 80s. Si, son cinéfilos, pero no coleccionan pelÃculas, coleccionan objetos que aluden a pelÃculas.
¿Entonces qué? ¿Blurays? Puede ser, pero aquà en esta parte del mundo la piraterÃa hace que esas opciones digitales sean obsoletas. Es fácil conseguir el archivo de hasta la más rara pelÃcula de la colección de DVDs de Criterion (Laserdisc ya es otra historia). El que compra una pelÃcula de Criterion compra más la cajita para el disco y el pequeño librito con el que viene.
No, yo creo que el cinéfilo tiene una colección más única en comparación a las otras artes: colecciona pelÃculas vistas.
Doy un ejemplo: en una charla con Sebastián de Caro, Mariano Llinás critica la decisión de Quentin Tarantino de hacer solo diez pelÃculas (ya que, según él, es mejor no convertirse en uno de esos directores que dejan de interesar) como una decisión anti-cinéfila por parte de uno de los mayores cinéfilos como lo es Tarantino.
Parafraseo a Llinás: Tarantino, que es muy cinéfilo, parece no haber entendido que parte del placer de la cinefilia es ver absolutamente todo, y encontrar un placer particular en las pelÃculas pequeñas y extrañas. La idea de que en las pelÃculas menos exitosas, menos exhibidas, menos respetadas terminan siendo las más ilustrativas de un director, de un género, de una época, de un movimiento.
Y es ahà donde se encuentra el valor de un festival como el Bazofi que se encarga de exhibir rarezas de la Filmoteca de Buenos Aires administrada por Fernando MartÃn Peña, Fabio Manes, y Christian Aguirre.
Un festival pensado casi como una parodia de los festivales de cine argentinos como el BAFICI o el festival de Mar del Plata, en los que los asistentes intentan asistir a la mayor cantidad de funciones de cine posible para poder aprovechar la duración del festival. Aunque el Bazofi funcione en práctica más como un ciclo de cine que un festival, utiliza el nombre del festival para tratar de crear en los posibles espectadores una forma particular de ver las pelÃculas que se ajuste más a la de un festivalero, y de esta manera vea la mayor cantidad de pelÃculas sin importar su renombre o su sinopsis. Comencé el festival viendo Tiro Fijo (1917) de John Ford. En otras palabras: comencé el festival viendo los más antiguos planos sobrevivientes de John Ford– quién estaba comenzando a encuadrar al Oeste que seguirÃa encuadrando por el resto de su carrera. No es su pelÃcula más reconocida ni mucho menos la más importante, pero desde un comienzo se puede ver como crea de a poco el mito del wéstern a través de sus paisajes; sus horizontes atravesados por caballos; sus hombrecillos cuyo rostro no puede verse pero su sombrero sÃ; sus mujeres de pureza absoluta que deben ser conquistadas por el imperfecto hombre, alcohólico, duro, secretamente sensible, que se encuentra en constante conflicto con la ley, pero que es capaz de reconocer injusticias propias del avance desenfrenado del Siglo XX y que con prodigioso manejo de sus armas de fuego es capaz de corregirlas.

Brainstorm (1965) es una de tres pelÃculas realizadas por el actor de la TV Wiliam Conrad para la Warner en 1965 (realizadas en aquella época en la que la distinción entre cine y televisión aún tenÃa importancia), la década en la que las audiencias estadounidenses comenzaban a cansarse del lenguaje del cine clásico de Hollywood. Es un noir extraño y algo engañoso que narra lo que le ocurre a un investigador (no, no un investigador privado, sino que un hombre de ciencia) que se enamora de la mujer trofeo de su jefe. Comienza como un noir más clásico (en el que lo que más resalta es el momento extraño en el que aparece el logo de Warner y el tÃtulo del film), pero rápidamente se convierte en un film sobre orgÃas de la clase alta, venganza, psiquiatras seductoras, manicomios, y (antes que nada) hermosos fundidos. Posiblemente contenga tres o cuatro pelÃculas distintas dentro de sà misma: una de terror, un policial negro, una pesadilla surrealista, y (mi favorita) una pelÃcula que se permite largas secuencias de un protagonista que investiga y planea el asesinato perfecto que lo dejará impune ante la ley (¿cómo la llamamos? Quisiera decir Hitchcockiana pero temo hacer mal uso de la palabra).

War Bus: El Último Valiente (1985) es una pelÃcula ochentera por excelencia. Habita la misma Vietnam espectacular que Rambo II (1985), pero su historia es mucho más extraña: hay un autobús (con patente 666) lleno de civiles misioneros (y un general vietnamita) debe atravesar la jungla de Vietnam para llegar a una zona segura tras un ataque repentino del vietcong, hasta que son secuestrados por tres soldados americanos– aparentemente inmunes a las balas enemigas (a menos que se estén sacrificando heróicamente), con sus bellos y despreciables rostros llenos de sudor falso (los describo asÃ, pero creo que la intención del film es que sean héroes valientes y cool con mucho para decir sobre el daño que ha hecho la guerra)– que deben tomar este vehÃculo civil y llevarlo 100 millas hacia la dirección contraria. Lo particular claramente no surge en ideas nuevas sobre Vietnam o sobre la guerra o sobre los soldados americanos, sino que surge en su extraña atmósfera y en su (lamentable) pobre preservación. Partiendo de la base de que es un film que aparenta no tener estructura, que parece una colección incesante de escenas extrañas de combate o de amor o de drama que transcurren en un espacio tanto misterioso como conocido, la experiencia de visionado en fÃlmico (es posible que sea la única copia en fÃlmico sobreviviente del film) trae escenas faltantes que rompen completamente algunas escenas; objetos indiscernibles en el fondo; colores difusos; y (en mi caso) una sala completamente vacÃa. Por supuesto que son todos hechos trágicos– nunca es lindo que la única copia de un film en el mundo esté descuidada– pero hay, sin embargo, algo interesante en esa separación, de un film como este que habita el universo de Rambo– lleno de explosiones en cámara lenta y de vietcong muertos– pero que no fue preservado ni recordado como Rambo. No es la copia en 4k que se ve en Netflix, en la que se puede ver cada gota de sudor artificial en el rostro de Sylvester Stallone. El 35mm desgastado hasta su lÃmite lo hace parecer casi un reportaje de época (o lo que nuestras mentes contemporáneas asocian con un reportaje de la guerra de Vietnam).

Como esas hay muchas otras: secuelas extrañas como Psicosis II; épicos, bizarros y caros films italianos sobre guerreras amazonas; pelÃculas de ciencia ficción soviéticas; registros filmados de experimentos poco éticos realizados por Yale en la década del 60… la lista sigue.
Es posible que ahÃ, allà mismo se encuentre la verdadera historia del cine, y no tanto en aquellas pelÃculas que a uno le dan en su primer año de la carrera de dirección… y sino, bueno, al menos viste algo nuevo.