cine
Casados con Hijo | Por Gaspar Homps


5/12/2025

En torno a Die My Love

Gaspar Homps
@gasparhompsoficial

Creo que Matate, amor de Ariana Harwicz es una novela tan particular que incluso la gente que no la leyó tiene una idea bastante clara de lo que es en su cabeza. Por ejemplo: yo no la leí. Por eso, siempre que hable de Die My Love (2025) como adaptación, sépase que viene de un conocimiento limitado de mi parte: el espacio en el que transcurre, los personajes, y– más que nada– la forma en la que está narrada. Lo que sí diré (con la aclaración de que no creo que al cine argentino le falten ficciones fantásticas y extraordinarias) es que me parece trágico que se tomen ficciones argentinas tan particulares como Matate, amor por estudios estadounidenses para ser convertidas en tonterías espectaculares sobre escritoras hermosas neoyorquinas que viven en Montana y hacen locuras que inspiran ruidos de sorpresa e indignación en el público.

Die My Love cuenta la historia de la joven pareja: Grace y Jackson (por Dios, los nombres), recientemente mudados desde Nueva York al campo con su hijo recién nacido. Con todo el tiempo del mundo para escribir su “gran novela americana”, Grace empieza a perder más y más la cabeza ante la soledad, el desorden y la depresión postparto, mientras que Jackson– bienintencionado pero ingenuo frente a la situación mental de su mujer– hace lo que puede para mantener su nuevo hogar. 

La película abandona el campo argentino de la novela y lo reemplaza por Montana rural. Se notan los indicios del infinitamente más interesante campo argentino, pero se cubren con un paisaje aburridísimo que ya vimos montones de veces en mil películas norteamericanas distintas. 

Y dentro de ese paisaje existen solo tres tipo de escenas: escenas de Grace haciendo cosas locas que se creen o viscerales o solemnes (está o gateando para atrás, o tomando cerveza sentada en la heladera, o jugando con un cuchillo como una caricatura de una persona loca); escenas que mueven la trama con diálogo (y poco más); y escenas con canciones. Es decir: escenas del género “videoclip”. Cuando uno se da cuenta de este patrón lo nota por el resto del film, como un loop infinito de las mismas tres escenas, con variables distintas.

¿Será acaso una decisión? ¿Una idea que tiene la película para expresar la desesperación y la repetición a través de la forma y no el contenido? Quizás, pero lo dudo mucho. Para empezar porque ese no es el sentimiento que genera. Es decir: parece ser más un problema estructural, una mala decisión respecto a cómo se construyó, y una necesidad común del cine contemporáneo de reproducir canciones de manera incesante.

El film tiene un incurable tufo a una de aquellas películas abominablemente llamadas “Arthouse” o “cine arte”; está repleta de ideas formales que no corresponden a nada, tonterías que se le ocurrieron hacer con la cámara, que parecen no tener motivo alguno: está en 4:3; utiliza uno de esos lentes con el fuera de foco hecho un remolino; se rehúsa a definir bien el espacio fuera de la casa; tiene escenas de fantasía en la que aparecen y desaparecen objetos y personajes; corta repentinamente para asustar a la audiencia; es difícil discernir el paso del tiempo; dos o tres veces hace uso de una temporalidad no lineal incomprensible (que parecerían ser más residuos del flujo de conciencia de la novela escrita en primera persona, que se permite más fácilmente volver en el tiempo). 

No son recursos necesariamente malos, son todas ideas que pueden funcionar y han funcionado pero que se utilizan o con poca o con nula motivación real– más allá de una aparente necesidad que hay en el “cine arte” mediocre de hacer algo “interesante” con la cámara–.A esto le sumamos que la película no domina en absoluto la técnica, especialmente en el montaje. Nunca un plano conecta con otro, nunca dos planos se corresponden– a menos que sea el más obvio plano contraplano, que es algo difícil de hacer mal–. Cuando la acción no se desarrolla enteramente en un solo plano (otro de los greatest hits del cine Arthouse) el film no sabe hilarse a sí mismo para que una escena mantenga su coherencia. Y va más allá de un problema de raccord. No es solo que cambie la expresión de un actor entre planos, o que se repita mínimamente un movimiento (eso pasa a veces, no es el fin del mundo). La película parecería entender que el jump-cut transmite frenetismo, o que el corte repentino asusta, pero no parece entender por qué y mucho menos cómo hacer bien los cortes como para que generen el sentimiento deseado.

Quizás la peor decisión del film, sin embargo, es el elenco. La decisión que arruina todo lo bueno y empeora todo lo malo de la película. Desde el día que alguien de editorial Mardulce me quiso vender la novela con el titular “la van a adaptar al cine con Jennifer Lawrence y Robert Pattinson” supe que la película iba a ser un desastre. 

Aclaro: no me parece que sean malos actores– en especial Robert Pattinson que ha demostrado un muy buen rango en estos últimos años con The Batman (2022) y en especial Mickey 17 (2025)– pero no puedo entender qué hacen dos actores que ascendieron al estrellato por sus bellísimos rostros en adaptaciones de novelas de literatura juvenil en un film sobre la fealdad, sobre la perversión del amor maternal y sobre la prisión que puede ser el matrimonio. Parecen estar, por un lado, fuera de contexto en la película y, por el otro, infectando cada aspecto para peor. 

Robert Pattinson está más hermoso que nunca– con su look rural, sus camisas y sus patillas, haciendo una actuación muy poco creíble de marido preocupado– y ni hablar de Jeniffer Lawrence, vestida siempre muy bien y rara vez sin maquillaje, haciendo una de estas nuevas interpretaciones que hacen los famosos cuando ya tienen éxito y fama y su carrera no está en juego (actores como Emma Stone en Poor Things (2023), Willem Dafoe en cualquier película de Lanthimos, o Lily Rose Depp en una escena particular de Nosferatu (2024) en la que deja de hacer las mismas dos expresiones que lleva haciendo toda la película y hace una voz extraña), como si la fama no solo desbloqueara la opción de hacer cosas más extrañas con un personaje, sino que también le diera más mérito en los ojos del público. Poder decir “¡Que rara la nueva actuación de Emma! ¡Hace de niña que se hace adulta!”.

Y esta belleza y falta total de visceralidad se termina manifestando en todo aspecto de la película. Nos cuentan que una mujer se está volviendo loca, la vemos intentar de saltar de un auto en movimiento, pero no sentimos esa locura. Es una película irónicamente muy limpia, que no se arriesga. Nos dicen que el perro hizo pis por algún lado pero no lo vemos, no vemos la suciedad, nunca nos dejan ver la suciedad. Nos dicen que la casa está desordenada pero está fuera de foco y nunca la llegamos a ver, y la suciedad que sí vemos parece deliberadamente posicionada en el encuadre, y por lo tanto no parece suciedad. Nos cuentan que una mujer pierde la cabeza y destruye un baño, pero no lo sentimos. Solo la vemos gritar y romper cosas con unos cortes ridículos para hacernos sentir un ritmo más acelerado. 

Nos cuentan que hay una escena de amor intenso y sin aliento, pero solo veo una escena de sexo normal que parece abreviada con jump-cuts dignos de un vlogger, mientras suena una canción de fondo.

Una obra carente de la particularidad, la suciedad y la visceralidad que viene con su premisa; una premisa que no se adapta bien a las virtudes que sí tiene el cine estadounidense (¡y las hay!), entre ellas la espectacularidad. Die My Love nunca debió ser un espectáculo.



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