04/04/2026
A propósito de la exposición del fotógrafo en la Fundación Lariviere
Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq
Fui a ver la muestra Marcos López (1975-2025) en la Fundación Lariviere y salí con mi pequeña y maltratada libretita de notas llena de apuntes para escribir cuentos y otros relatos. No pretendo escribir una tesis sobre esto (es como mucho una deriva), pero para quienes nos dedicamos a la escritura creativa y a pulular por espacios de formación académica en torno al cuento, el guión y la dramaturgia, la obra de Marcos López nos resulta terriblemente familiar. Circula de manera persistente como insumo pedagógico. Sus imágenes se utilizan para activar conflictos narrativos, tensiones dramáticas, situaciones latentes que aún no se han desarrollado en palabras.
Ese uso se apoya en una lógica conocida en las materias, cursos y talleres: el texto “Una conceptiva ordinaria para el dramaturgo criador” de Mauricio Kartun, dramaturgo y director teatral. En el texto Kartun propone escribir a partir de una imagen generadora y la sensorialidad en lugar de hacerlo a partir de ideas preconcebidas. Por supuesto que esta técnica no fue inventada por Kartun, nadie la inventó, le ocurre a cualquier cazador de relatos, aunque sí es verdad que la hizo consciente para muchos. La imagen generadora no ilustra una historia previa. La provoca. Y en la práctica muchos cursos adoptan este procedimiento facilitando a los talleristas o estudiantes imágenes sugerentes que desbaraten la tensión paralizadora entre ellos y la hoja en blanco. En ese repertorio es que aparecen de manera muy recurrente las imágenes de Marcos López, fotografías con alta densidad de información visual y cultural, capaces de sostener múltiples proyecciones narrativas de lo más insospechadas.
El motivo es técnico. Sus fotografías presentan una organización interna que facilita la traducción al relato. Composición frontal o levemente desplazada, uso intensivo del color como vector semántico, acumulación de objetos con valor indicial, figuras humanas en estado de pausa más que de acción. Esa combinación produce escenas cerradas en términos visuales pero abiertas en términos narrativos.

Una vez, en un curso de escritura teatral del Departamento de Artes Dramáticas de la UNA, me tocó escribir una escena a partir de Leyendo en la cocina (2001). La fotografía posee un interior saturado, objetos domésticos que fijan contexto, una figura femenina en reposo y un animal que introduce una disonancia de escala. A partir de esa configuración se construyó una situación precisa. Una mujer pasa la noche en la casa de un hombre que conoce en un bar. Al otro día él se va a trabajar temprano y deja a la chica durmiendo en casa. ¿El conflicto? Deja la puerta cerrada con llave y la chica queda encerrada con el perro de lacasa y objetos que hablan de la vida privada del hombre. La imagen original no contiene esa acción, pero sí dispone los signos necesarios para inferir intimidad ajena, encierro, tiempo suspendido. El perro, sobredimensionado, refuerza la sensación de extrañeza dentro de lo cotidiano. Más adelante terminé siendo ayudante de esa docente, y mi tarea era entre otras cosas, sistematizar como material pedagógico los relatos que los estudiantes escribieron a partir de cada fotografía.

Otra vez, en el Laboratorio de Guion, tuve que escribir a partir sobre Héctor – El mártir (2003). La fotografía del hombre con el cuchillo activaba otro tipo de escritura. La escena sugería ser el desenlace de un conflicto pasado. Retrato de estudio, fondo neutro, encuadre cerrado. La herida y la sangre concentran toda la tensión en el eje del cuerpo. La frontalidad elimina cualquier distracción lateral. De allí surgió una escena directa. Un hombre traicionado se presenta ante su amigo y ejecuta un acto extremo (a lo Yukio Mishima) para hacer visible su dolor emocional. La literalidad del gesto en la foto se traduce en una literalidad narrativa. La acción se construye sobre la misma lógica de exhibición.

Y otra vez: En la carrera de Artes de la Escritura del Área Transdepartamental de Critica de Artes de la UNA, seleccioné la fotografía de Criollitas de López. La imagen retrata a un hombre viejo con un cigarro en la boca, mirando el horizonte en cuarenta y cinco grados de frente con un cartel de la marca Criollitas de fondo y un costado de una ruta en medio de un paisaje llano o típicamente pampeano. El sujeto queda fijado en primer plano, atravesado por un contraste cromático fuerte entre la ropa y el entorno. El cartel introduce un discurso externo, comercial, que no se integra con la figura. A partir de esa disociación se escribí la historia de un jubilado que, tras la muerte de su esposa, pierde orientación y conduce sin destino y se va enredando en situaciones a lo Thelma y Louise.
Este recorrido muestra un cruce operativo entre fotografía, escritura y artes escénicas. Las imágenes de López no se limitan a representar situaciones reconocibles porque están estructuradas como sistemas de signos capaces de ser reconfigurados en otros lenguajes. La escena está dada en términos visuales, pero su resolución queda fuera de campo. Y ahí se inserta la escritura.
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Bonus track: En un reciente curso de construcción curva narrativa y conflicto que di de manera virtual, una participante española tomó la imagen de Asado en Mendiolaz que tiene por referencia a La Última Cena. Organizada según una disposición horizontal de figuras en torno a una mesa, la escena presenta múltiples focos de acción simultánea. Manos que cortan, cuerpos inclinados, miradas que no convergen. La saturación cromática unifica el conjunto pero no reduce la dispersión de acciones. El texto derivado construyó una reunión familiar que escala hacia la violencia física por unos deteriorados castillos medievales en herencia ¿por qué? Porque la fotografía ya contiene esa posibilidad en la distribución de tensiones internas. Las imagenes de López son ante todo una criatura viva y emancipada.
