4/12/2025
Por Camila Florencia Pérez
@eclecticismo_
Las corrientes, el tercer film de Milagros Mumenthaler, llegó este mes a Argentina, luego de haber sido reconocido en diferentes festivales internacionales, como el de San Sebastián. Después de haber dirigido “Abrir puertas y ventanas” (2011) y “La idea de un lago” (2016), Mumenthaler nos ofrece un viaje, a lo largo de casi dos horas, cargado de intrigas.
Lina (protagonista de la película) está en la cima de su carrera profesional – de hecho, las primeras escenas transcurren en un evento en Suiza, a donde viajó para recibir un premio. Pero ya desde los primeros minutos del film, nos sumergimos en el remolino existencial en el que se encuentra Lina y que la lleva a tirarse desde un puente a las aguas heladas del río, un rato después de haber salido de su premiación.
A lo largo de toda la película, el espectador acompañará los diferentes momentos de esa crisis y la tensión constante en la que Lina se encuentra, a saber, entre el impulso de huir, encerrarse, replegarse sobre sí misma, y el de responder al pedido de su entorno a quedarse. En efecto, Las Corrientes puede leerse de dos maneras. La primera conlleva la interpretación del film como un relato acerca de la psiquis de Lina y la reaparición constante de los traumas de su pasado (sobre todo, de la relación con su madre) en el presente que la arrastran hacia atrás y no le permiten vivir con plenitud su vida actual.

La segunda lectura implica un análisis más genérico, aunque instanciado en la subjetividad particular de Lina, sobre cómo en ese sujeto independiente – y que, sobre todo, en estos tiempos de individualismo creciente se cree autosuficiente – que la protagonista, por momentos, cree ser, en verdad no es. En este sentido, el viaje de Lina, con su sufrimiento, su malestar y su colapso, es infernal, pero no infernal de cualquier infierno, sino de uno muy existencial. “El infierno son los otros” escribió Sartre hace varias décadas y esto es, en efecto, lo que atraviesa a la protagonista. En ella habitan, por un lado, los fantasmas de su pasado y, por el otro, los fantasmas de su presente; por un lado, una madre por momentos enferma y por momentos maltratadora, una amiga que le recuerda cuando vivía en una casa en el conurbano y hacía viajes largos en el 45 y, por el otro, todas las disonancias con la vida aristocrática que vive actualmente pero de la que no logra sentirse parte. Lina no puede despegarse, no puede aislarse y no puede irse a permanecer en las frías corrientes de aquel río en Suiza porque siempre hay un otro – una amiga, una madre, una hija – que la llama a volver y que le revela, una y otra vez, que para bien y para mal, nadie es solo en este mundo; que, para bien y para mal, la vida, aunque sea propia, siempre son los otros.