11/02/2026
Por Nicolas Goldschmidt
@nico_goldschmidt
Hace algunos días encontré en mi casa el primer disco de Los Strokes, y desde la tapa ya me convoca un guante de cuero negro que sugestivamente se apoya sobre piel humana, y junto a la imagen, una pregunta: Is this it?
Pasan los días y la pregunta me sigue picando incómodamente: Esto es todo?
En el amplio sentido me pica la pregunta. Lo es? Esto es todo? Habrá algo más?
Ese “más”, estará en los intersticios de aquello que se considera lo real, lo cotidiano, lo verdadero? Existen aún esos conceptos en la era en la que vivimos?
Qué pena la realidad! Perdón señores y señoras (sobre todo señoras) por esta realidad que nos toca y aún no pudimos cambiar. Y hablo más allá de las pantallas, del contenido, de la saturación o de la idiotización de las nuevas formas de vincularse.
Más allá… y no tanto. Voy a hablar en contra de la comodidad y seguramente esté demasiado cerca del teatro, “oh sorpresa, Nicolás! Vas a hablar de teatro”, lo siento, era eso o hablar de las élites económicas buscando la vida eterna.
Estos días las noticias circulan a una velocidad tan idiotizante que los que estemos pensando en hacer ficciones un poco preocupados deberíamos estar preguntándonos como competirle a tanta distopía. Días que dejan a los usuarios de la ya muerta internet preguntando: “Esto es real? Esto es real?”.
Es más fácil verificar la falsedad de un video viral que encontrar una opinión con hondura. Y si se encuentra, se llenará de odiadores intentando callarla.
Y fuera de las pantallas, en el encuentro concreto, cualquier gesto que intente pensar un poco más allá de lo dado queda inmediatamente desubicado o sospechado de exceso, como si toda fricción fuera una falta de educación.
No hay discusión. Hoy impera la amabilidad cómoda. Nadie quiere discutir. Ni sobre teatro, ni sobre actuación. Existimos en los bordes de lo creativo, para ser amables y caer bien. Hacer la historia pertinente y listo, a rezar que el director o dramaturgo de turno nos elija para su próximo trabajo. Historias. Historias. Historias. Caritas sonrientes. “¡Vayan!” o “¡Impecable!”, “mirá quién me arrobó!”. En las puertas de los teatros se escucha a gente sonriendo levemente, con falsa timidez diciendo solo “felicitaciones”. Sin discusión teatral, sin interés en generar nuevas ideas. Por supuesto siempre hay valores que se destacan, personas que pueden criticarte y aun así hacerte pensar buenas cosas sobre lo que se hace. Pero no estoy hablando de ellas ahora.
Hablo de que algo nos está pasando con el mundo que nos rodea y cómo nos hace pensar y vincularnos. En vivo no se puede bloquear a alguien, no se lo puede silenciar, no podés dejar de seguirlo. Si algo o alguien te incomoda va a estar ahí. Y ahí es donde yo digo: incomodémonos. Que no sea constantemente grato, amable, ligero. La amabilidad no nos sirve para nada a los artistas hoy en día. Y por favor no me tergiversen, por supuesto hay que tratarnos con amor y amablemente, pero eso es otra cosa. Me refiero a ese mundo anestesiado donde nada se arriesga por miedo a caer mal, perder trabajos, perder posibilidades de legitimación.
Otro peligro de época: las ganas desesperadas de legitimarse. Tan rápido a veces, encima. Artistas agarrados por las instituciones de turno que ponen plata, que les dan un rol de artistas emergentes que “hay que ver”, sin que aún haya habido fracasos, búsquedas, hacer sin efectos directos. Y después ves las actuaciones y no hay emoción, hay eficacia: cuerpos entrenados para no desbordar. Todo funciona, todo está bien hecho, pero nada tiembla.
Otra cosa, la producción infinita. Veo actrices y actores que están en 7 obras distintas de diferentes directoras o directores. Y por supuesto en todas las obras actúan igual, o no hacen nada diferente, sin esfuerzo. Solo el de aprenderse la letra y coordinar horarios. Y no estoy ponderando al esfuerzo porque sí. Hablo del riesgo, del perderse, de no saber qué concha decir y por supuesto de ver qué hay en el vacío del no hacer. Realmente: gente que este año le vi estrenar 5 obras, las obras cambiaban de nombre, pero el gesto era el mismo. Gente a la que vi estrenar 7 obras o algo así.
Y cómo se piensan que se diferenciaba la actuación de una obra a la otra?
No es culpa de quienes actúan por supuesto; es una maquinaria que premia la disponibilidad infinita y castiga el silencio. Y así qué diferencia hay con el Francella que dice hacer 16 personajes y lo único que hace es ponerse pelucas diferentes?
Pero claro, pienso que la realidad te pide mucha novedad. Tres semanas posteando sobre la misma obra y ya el público de Instagram quiere otra cosa, quiere más, quiere otra obra para poder ver otros videos, para ver otras fotos, para ver otras personas a las que seguir y darles otros likes y así y así y así.
“Quiero ser olvidado y no quiero ser recordado”, así abrían Los Strokes su segundo disco y pienso que tienen un punto. La búsqueda de la posteridad es cada vez más inútil. Cada vez es más notorio que desaparecemos al segundo, como imagen, como contenido, como producto. Toma valor entonces, el gesto de fuga: el corrimiento, la desconfianza hacia la consagración. Ser esquivos de lo que quiere encasillarnos, salirse de la foto antes de que salga el flash.
En qué estaba? Ah! en contra de la comodidad, por notar en el aire que lo amable es más cómodo. Pero el mundo este, no es muy amable no? El pensamiento sobre “las cosas” tampoco, quizás hasta si no hay incomodidad no hay pensamiento que abra otros debates.
Pero claro, tal vez en un mundo donde ciertos discursos identitarios se usan para retirarse del conflicto, para no exponerse, para no discutir o arriesgar. No hay disenso. No hay fricción. Y por lo tanto eso mismo falta en la escena.
Todo esto no pasa solo en el teatro. Es un clima más general, más difuso, pero muy presente.En su último disco, Los Strokes, dicen algo así como: “No más preguntas, cuestionamientos ni excusas. La información está acá. Acá y en todas partes.” Algo de ese síntoma de época, resuena. Todo se sabe, cada pregunta está respondida en segundos, pero en el encuentro hay una distancia más rara…
Ese espacio entre un cuerpo y el otro, que solo de nombrarlo, ya me incomoda.
