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266 Microdosis de Bolaño (+1) | Por JMR


266 autores escriben sobre Roberto Bolaño a veinte años de la publicación póstuma de 2666


Por Javiera Miranda Riquelme

@javieramirandariq

266 microdosis de Bolaño es menos un libro sobre Roberto Bolaño que un dispositivo de lectura puesto en funcionamiento a veinte años de la publicación de 2666 (veintiun años, esta reseña llega tarde). La editorial La Conjura no arma un homenaje, ni un ajuste de cuentas, ni un volumen crítico convencional. Arma un campo de pruebas. El resultado es un artefacto coral, deliberadamente irregular, que trabaja con una hipótesis clara y riesgosa. La obra de Bolaño no se cierra en sus libros. Produce residuos, extensiones, deformaciones, imitaciones, rechazos, ficciones bolañescas y apócrifas.
El libro reúne textos de procedencias heterogéneas y de registros dispares. Hay relatos breves, viñetas, ensayos críticos, recuerdos personales, ataques frontales, confesiones de mala lectura, ejercicios de estilo, ficciones especulativas, miniaturas narrativas, textos programáticos y textos que simulan no saber qué son. La apuesta es explícita. Leer a Bolaño implica aceptar la disolución de los géneros. 266 microdosis reproduce esa disolución bajo el ojo de Patricio Se, Editor de La Conjura y detractor del buen Roberto. Qué buena idea, qué envidia de idea. Los mejores actos de creatividad surgen de los peores enemigos.

Uno de los núcleos más visibles del libro es el conjunto de textos que trabajan por apropiación ficcional del universo bolañiano. No se trata de homenajes miméticos sino de intervenciones. Andrea Chapela reintroduce a Auxilio Lacouture como figura viva que circula entre libro y performance. Francisco Montaña enfrenta a Belano con otras figuras literarias en una escena onírica que pone en crisis la genealogía misma del siglo literario. Natalia Moret imagina un desenlace imposible dentro de un sueño de autor. Fernando Olszanski convierte a Bolaño en asesino serial que reaparece en Amberes. Iván Ortega diseña un tablero de guerra total donde el poeta es testigo mudo de la masacre. Estas piezas buscan contaminar la obra del autor chileno. Operan como apócrifos conscientes de serlo y por eso mismo es que resultan. Es la comprensión de que la obra de Bolaño funciona como un archivo abierto, disponible para ser intervenido.

Bolaño no propuso una literatura de estilos sino una literatura de vidas. Vidas erráticas, fracasadas, violentas, menores, obsesivas. Vidas narrables solo si se rompe el molde de la novela clásica. 266 microdosis reproduce esa lógica. El volumen avanza en ese sentido por procedimientos de derivas y desplazamientos. Una suerte de programa de la errancia.

Otro bloque fuerte del libro (bloque disperso) lo constituyen los textos críticos que discuten influencias, procedimientos y efectos. Golosina Caníbal propone leer La literatura nazi en América desde Wilcock antes que desde Borges, desplazando una lectura ya canonizada. Miguel Ángel Gutiérrez rastrea el procedimiento estructural que vincula a Bolaño con Puig, desmontando la idea de originalidad absoluta. Martín Kohan analiza la operación por la cual Bolaño reactiva la épica de las vanguardias. Patricio Pron ofrece quizá el diagnóstico más severo. La obra de Bolaño triunfa en el sistema literario al precio de ser normalizada, convertida en icono pop, desactivada en su potencial crítico (y no estoy de acuerdo, por supuesto). El libro incorpora esas lecturas como parte del conflicto.

El conflicto aparece también en los textos de detractores explícitos o lectores fatigados. Daniel Guebel declara su incapacidad para atravesar 2666 y reduce la eficacia de Bolaño al formato breve. Dainerys Machado Vento confiesa no haberlo leído y preferir a Lemebel. Fernando Krapp narra el desgaste de la devoción, el paso del fanatismo a la distancia crítica. Alberto Fuguet expone la violencia simbólica del fandom y la incomodidad de leer a Bolaño desde la defensiva (ah, que goce). Estos textos son centrales. Bolaño aparece como figura que genera adhesión excesiva y rechazo tardío, culto y cansancio, identificación y hartazgo.

El fandom ocupa un lugar específico. Jesús de la Garza caricaturiza a los “Testigos de Roberto”. Sara Cordón reduce al escritor a un imán de heladera. Brenda Navarro señala la ansiedad de la experiencia y la imposibilidad de escribir sobre Bolaño sin escribirse a una misma. El libro registra cómo la figura del autor se convierte en objeto de consumo, en contraseña generacional, en fetiche cultural.

266 Microdosis de Bolaño en el stand de La Conjura durante la Feria de Editores.

Hay también textos que se detienen en procedimientos internos de la escritura. Matías Rivas discute la relación de Bolaño con el psicoanálisis y afirma que su desconocimiento fue una ventaja literaria (algunos preferimos pensar, habla el fandom, que no es posible que Bolaño no hubiese leído psicoanálisis y que conocía muy bien la potencia creativa de las obsesiones y pulsiones). Eugenia Ortiz Gambetta analiza la verborragia sobria y la ética del escribir sin cálculo. Vicente Luis Mora formula una poética de la venganza vanguardista. Pablo Rumel relee a Cesárea Tinajero como matriz oculta de toda la obra.

El tono general del libro es deliberadamente inestable. Un lujo. Hay cinismo, humor negro, ironía, melancolía, resentimiento, admiración sin pudor, odio declarado, juego intelectual, lirismo y sequedad.

En ese sentido, 266 microdosis de Bolaño no fija una imagen definitiva del autor, o más bien, la fija reproduciendo su lógica de dispersión. El volumen se permite incluso con Borges, con Luca Prodan, con Godzilla, con el infrarrealismo, con los concursos municipales, con el fracaso, con la muerte, con las listas de espera y los hígados que nunca llegan. Todo entra porque la obra de Bolaño habilita esa promiscuidad.

El mayor acierto de la Conjura con este libro es que no intenta proteger al querido Roberto. Lo expone al uso, al abuso, al error, a la lectura mala, a la imitación torpe, al rechazo y el rencor.

La Conjura pone en movimiento algo de ese manifiesto literario que es 2666 probando (para tristeza de su editor) que Bolaño sigue funcionando no porque sea intocable, sino porque todavía puede ser usado contra sí mismo. Esa es, probablemente, la única forma legítima de leerlo hoy.

***

267

No me invitaron. Y lo digo sin dramatismo. Pero el editor no me invitó a escribir sobre Bolaño y por eso escribo ahora, desde afuera, como se escribe casi siempre lo importante.

Leí 266 Microdosis de Bolaño y pensé que estaba incompleto. No por falta de nombres ni de talento ni de ingenio, sino por falta de experiencia extrema. Nadie ahí vio a un nazi llegar a la presidencia de Chile como yo hoy. Nadie ahí madrugó escuchando a un grupo de vejetes exiliados y suicidas. Nadie fue a buscar nombres y culpables a tribunales y cárceles. Nadie ahí fue prostituta ni tuvo un chulo del que arrancar. Nadie ahí vio femicidios de cerca. Nadie se fue de su país arrancando de una organización criminal. Nadie dijo nada contra Los Donositos y Carlos Franz. Nadie estuvo nunca vagando dentro de un psiquiátrico. Nadie reparó en el acting de dejar el país de Pinochet para irse al país de Franco. Nadie tampoco reparó en los cuerpos arrojados en el otro desierto, el del país de Roberto. Nadie nunca pensó en la relación entre Bolaño y Extremoduro. Nunca nadie conoció el mundo del boxeo. Nunca nadie fue un punky que escribía poemas. Nadie nunca estuvo paseando con un detective/sicario en busca de un genocida. Nadie de ese libro terminó a las trompadas con gente que conoció en un bar para periodistas. Ninguno fue obligado por su escuela a ir a ver el desfile militar y los dibujos de los aviadores en el cielo con la excusa de las fiestas patrias. Nunca ninguno de ellos hicieron todo eso luego de nacer atrapada entre el Pacífico y Los Andes.

No es un reproche moral. Es un dato no más.



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