teatro
Centroamérica | Por Giovanna Cirianni


04/03/2026

Lagartijas tiradas al sol

Por Giovanna Cirianni
@giovigeraldina

Una de las preguntas que más se repite en la crítica de arte es aquella que cuestiona el vínculo, siempre tenso, entre el arte y la vida. Visto con un poco de distancia y sin tanto rumiar, puede parecer inconducente. Los creadores son seres vivos, buscando comunicarse con otros. Pero en términos teóricos la vida suele plantearse como todo el entramado social y cultural que rodea a la obra, y la pregunta es temática: ¿Debería el arte comentar la vida? ¿Debería tener un rol político? ¿Y qué pasa con la autobiografía? ¿Es cierto que la obra siempre es autobiográfica?

Lagartijas Tiradas al Sol es un proyecto que se autodefine como una cuadrilla o bandada de artistas, y desde su fundación en 2003 busca reconciliar este binomio. Ha habido grandes artistas cuyo comentario a la realidad queda implícito en su búsqueda por alejarse lo más posible de ella. En este caso la propuesta es la contraria: apostar por esas historias verdaderas de la vida cotidiana que de otro modo podrían pasarse por alto, pero sin renunciar a la ficción como posibilidad. En su sitio web, esta cuadrilla de artistas mexicanos lo articula maravillosamente: “Las cosas son lo que son, pero también pueden ser de otra manera.”

El trabajo de Lagartijas Tiradas al Sol no se limita a la escena. También hacen libros, participan en medios y llevan adelante talleres y procesos de formación. Todo esto como herramienta para profundizar la investigación del método de trabajo que han ido construyendo, y que después de más de veinte años de trayectoria difunden no solo en Latinoamérica sino también en Europa y Estados Unidos.

En línea con este espíritu de reflexión y crítica constante surge Centroamérica, una obra que primero fue libro y trabajo de campo. Luisa y Lázaro, creadores e intérpretes del proyecto, comparten que comenzó desde una observación, quizá incómoda, de la tendencia del arte mexicano a posicionarse desde la desventaja en relación con el norte. No solo estoy de acuerdo con esta apreciación, sino que me ayuda a darle sentido a algo que siento en los museos de arte contemporáneo en México. Hay una tendencia a la crudeza, a una representación de la realidad que se identifica con el tercer mundo, siempre en oposición al opresor primermundista del norte. 

La realidad incómoda con la cual se encontraron Luisa y Lázaro fue muy concreta: México también es el norte. Entre México y Colombia hay siete países que casi nunca son noticia, y que sin embargo viven verdaderas crisis humanitarias. Además, la región está lejos de ser homogénea. El problema no es sólo difícil por la incomodidad que pudiera generar en un público que no está acostumbrado a pensarse como opresor, sino por la dificultad de encontrar un hilo conductor que permitiera narrar la complejidad de la región. 

Centroamérica es una obra en dos partes. La primera es autorreferencial, una crónica del proceso con todo su dolor y altibajos. La segunda es la serendipia que les ofrece esa buscada historia (con minúscula), y que además pone a prueba todos aquellos principios éticos que llevaron a Luiza y a Lázaro a interesarse por todo esto. Más de una vez los artistas vuelven a hacerse la temida pregunta: ¿Para qué sirve el arte? La respuesta no siempre es clara y no siempre es esperanzadora, pero hay una clave en la cita del principio: las cosas pueden ser de otra manera. Imaginar futuros menos tristes es indispensable. 

Centroamérico fue parte de la programación de Paraíso Club en colaboración con el Complejo teatral de Buenos Aires.



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