teatro
Cae una catedral | Por Claudia Groesman


05/12/2025

De Los Pipis teatro

POR CLAUDIA GROESMAN
@claudiagroesman

Texto e interpretación: Federico Lehmann, Matías Milanese. Producción: Fundación Proa, Los Pipis Teatro. Dirección: Federico Lehmann, Matías Milanese. Fotografía: Alejandro Carmona. Funciones: 7 y 8 de diciembre Club de teatro Mar del Plata.

Una catedral es un espacio litúrgico desde donde se ejerce la representación religiosa de una comunidad. Si bien tiene una arquitectura que la caracteriza, lo que la define es la práctica que invoca.
Podríamos decir que el teatro es un espacio que inventa su propia liturgia, profesa un credo en el que la representación es su modo de existencia. Pero la escena contemporánea no ordena, tampoco da cathedra. No intenta iluminar la consciencia ni devolver una imagen crítica de nosotros mismos. Es más bien un catalizador de las emociones y de las carencias a las que estamos expuestos por la destitución de lo común que nos contenía.  Bucea en el caos y el desmembramiento como experiencia estética.
El teatro dejó de ser una forma de resistencia para ser el recomponedor de un modo de existencia frágil y abúlico, donde el aquí y el ahora es su verdadera realidad. Cae una catedral  se encarga de restituir las fuerzas en un encuentro directo, que ilusiona romper las mediaciones generando un estado de conmoción, de “zamarreo” físico y lírico. En la obra las fuerzas vivientes están en peligro, detonadas. La teatralidad consiste en exhibir y trasponer el límite. El cuerpo es el escenario de la batalla y la fe se expresa en su capacidad de autoflagelarse  para liberar el peso de su materialidad.
El despliegue maníaco que acapara la escena enmascara la desolación.
“Darlo todo”–como pregonan los artistas escénicos–resume el imperativo de entrega absoluta, de un goce sacrificial que recuerda la idea de gasto batailleana:
“el término de poesía, que se aplica a las formas menos degradadas, menos intelectualizadas, de la expresión de un estado de pérdida, puede ser considerado como sinónimo de gasto: significa en efecto, de la manera más precisa, creación por medio de la pérdida. Su sentido es entonces cercano al sacrificio(1)
La “creación por medio de la pérdida” es lo que diferencia a la poesía en cualquiera de sus formas, de la vida útil destinada a la productividad y al ahorro.

En línea con la tendencia de la época, los Pipis ficcionalizan su historia que por momentos toca la intimidad sin volverla un estandarte. Se muestra como huella viva de una conquista histórica, un modus operandi  reivindicatorio en un momento tristemente regresivo. No de manera impecable, sino desquiciada, exhibiendo su malestar, su juego y su mutua ironía.
La libertad y la expansión de los cuerpos en escena compensa la falta de libertad en la que estamos inmersos. Es lo que se espera, lo que se le pide al teatro: que avance sobre la realidad mustia y deshumanizada—como cuando Matías Milanese y Federico Lhemann avanzan sobre las butacas de los espectadores— que la poetice, que se revele contra ella, movilizándonos, produciendo un efecto de shock en los prejuicios que nos sostienen. Darlo todo demanda consumirse en ese acto para consumar el sacrilegio, aún cuando la exaltación momentánea nos mantenga a resguardo de la pesadilla de lo real.

(1) Bataille, G (2008) La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, pág.117.



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