03/02/2026
Por César Duarte
@cesargriolli
En Septiembre de 1991 yo cumplÃa 15 años y papá querÃa lucirse con un regalo superlativo. El trabajaba en la municipalidad de Hurlingham junto a Fernando Arnedo, el hermano de uno de mis máximos Ãdolos del momento. Entonces el gordo fue por todo: convenció a Fernando para que hablara con su hermano y lo instara a presentarse (junto a Mollo) en el cumpleaños de su retoño.
El 21 de septiembre mi papá me cumplió un sueño, me regaló una filmadora con la que pude registrar una buena parte de mis aventuras de la época. Pero el estaba triste, frustrado y hasta fastidioso. Entonces cometió un error imperdonable. Me lo dijo:
—No te pude traer a los Divi… lo intenté, se lo pedà al hermano del bajista… ¿y sabés lo que le contestó el muy caradura? Que no son Mirta Legrand, que no van a cumpleaños… ¿a vos te parece?
Un nudo en la garganta se ocupó de sofocar mis siderales intenciones de gritar, y de correr, y de llorar, y de decirle a mi papá que me morÃa de la vergüenza por su estúpida cruzada, pero más me atormentaba ver el rostro de una cruda realidad que desgarraba mi corazón. Nuestros Ãdolos no son dioses… son falibles.
Al ver mi inocultable desazón, papá cerró el asunto con la promesa de una buena noticia:
—Igual dijo que un dÃa de estos te invita a la casa a tomar unos mates, vive acá a dos cuadras.
Nunca le conté a nadie el desmedido, exagerado, ridÃculo y absurdo dolor que todo aquello me causó. Un insólitó incidente que gangrenó mi corazón de niño rockero, por las miniaturas de dos pavotes.
De más está decir que aquellos mates en la casa del bajista jamás se concretaron, sobra relatar que aquella herida nunca más cicatrizó, alcanza con decir que toda vez que yo escuchaba el tono grave de la música de dios, me supuraba el tajo sanguinoliento que ocultaba el lado izquierdo de mi pecho.
Ayer, mientras dejaba pasar la vida sin demasiadas alegrÃas en el frente, decidà que mi inyección de adrenalina debÃa ser una merienda en un cafecito que me gusta y está enclavado en un lejano parador, entre medio de los campos de la zona. Manejé por un camino de tierra y me senté a esperar la nada, como siempre.
Entonces, otra vez, los chamanes del libreto decidieron que era el momento de mostrarme que la vida es un misterio, que rendirse no es la forma, que siempre habrá revancha. Cuando lo và -solitario y pensativo en un lugar sin una sola persona alrededor- supe de que se trataba la ceremonia.
Me acerqué y simplemente le estreché mi mano. El misterio hizo lo suyo, me invitó a su mesa, me dijo que era su cumpleaños y propusimos festejarlo enredados en una conversa alucinante que duró casi una hora. Hablamos de Hurlingham, de Luca, de drogas, de discos, de canciones, de literatura, de Sumo, del Bocha y de nuestro amigo Pepe Lui.
Lo despedà con un abrazo, sugerimos volver a vernos y lo último que me dijo fue: seguà escribiendo. Llegué a mi casa, me emborraché, puse un tema de Divididos bien al palo y lloré como lo que soy. La cuenta está saldada.
Sobre el autor
Cesar Duarte es autor de Tu nombre me sabe a hierba, un cuento de iniciación y aventura que gorma parte del libro El mapa de las Cúpulas. Cuentos Rockeros II, editado por Hormigas Negras.