visuales
El cuerpo como obra | Por Claudia Groesman


27/11/2025

La interfaz de la carne, performance de Natacha Voliakovsky

POR CLAUDIA GROESMAN
@claudiagroesman

Días atrás la artista Natacha Voliakovsky realizó una performance como parte de su muestra “La interfaz de la carne” que se exhibe en la galería Valerie’s  Factory.
La artista de performance hace de su cuerpo no solo un medio sino una obra en sí misma, a través de intervenciones quirúrgicas que transforman su materialidad con un sentido de reparación, donde el dolor se vuelve  el móvil inagotable de su búsqueda artística. Las marcas del dolor de vivir inducen la supuración imaginaria de una cicatriz longeva que renueva su costura bajo una nueva máscara. Su obra no es cobijo, es exposición. El dolor materializa el cuerpo de la artista y lo atraviesa como un dardo extremadamente filoso y punzante, tanto más que el instrumental quirúrgico que es parte de la exhibición.
La performance tiene una función mediúmnica: se trata de una operación que la artista  despliega en una serie de  acciones en tiempo real que nos convoca a enmascarar en ella nuestro dolor. Esa interlocución mutua  es lo que hace posible su  existencia.
En esta ocasión, la performance consistió de la siguiente manera:
La superficie del cuerpo desnudo de la artista, recostado en una camilla,  se hace embadurnar por dos asistentes con una sustancia espesa y brillosa. El vestuario de las asistentes tiene una reminiscencia monacal con sus vestidos negros largos que las recubren completamente, su cabeza inclusive, y que solo deja ver sus rostros. El embadurnamiento es parsimonioso  y  expanden la sustancia como una caricia por su piel blanca y uniforme que contrasta cual  vestuario invisible con sus vestidos negros. La artista utiliza en esta primera etapa de la performance un tono anestesiado donde ni siquiera llega a apreciarse el movimiento de la respiración. Parece más bien un cuerpo inerte. La parsimonia conduce la atención hacia el detalle de las acciones, lo que genera una dimensión temporal paralela, en donde la escenografía no evoca la cápsula aséptica de la sala de cirugía sino una suerte de  laboratorio alquímico.


Las asistentes extraen, con un elemento manipulable de metal cuyo diseño y tamaño nos remite a un instrumental antiguo, esa sustancia y con ella la lámina de grasa corporal adherida, como una reserva material del cuerpo que se metabolizará en la mesa de experimentación, y que hace las veces de  taller de artista.
Una proyección de la acción en la pared permite hacer zoom del procedimiento, pero esa “hiperrealidad” no vela el misterio.
De pronto su cuerpo se arquea en la camilla y la arranca de la laxitud, para trasladarse al centro de la escena y “renacer” en la imagen de Venus. A diferencia de la Venus de Botticelli que cubre su pubis con su largo cabello, la de Voliakovsky cubre su rostro con una máscara que replica sus rasgos y que fue realizada con grasa extraída de su cuerpo. ¿Qué hay detrás de la máscara? Según cuenta la artista su cara, más precisamente su mandíbula tuvo que ser reconstruida cuando niña. A partir de allí, las sucesivas  intervenciones modificaron sus “señas particulares” produciendo un rostro nuevo.
Tradicionalmente la máscara supone el ocultamiento de la identidad. En este caso, parece más bien desocultar “una nada” al erigirse su cuerpo en la Venus, ícono universal que alude a lo femenino como lo inapropiable. Contrario a lo que imaginamos como una propiedad de quienes somos identificable para los demás,  si pensamos el cuerpo no solo como materialidad configurable sino como multiplicidad que actúa “por detrás” del yo,  lo que llamamos identidad se vuelve ficción provisoria. Hete aquí que, acto seguido, la artista disuelve la máscara expuesta al calor y mezcla la grasa con moléculas de esencias y el extracto de su piel para componer un perfume que se da a oler a los espectadores devenidos partícipes de la acción.
La performance propone un despertar táctil, visual y olfativo que activa en los allí presentes la posibilidad de una conexión sutil pero penetrante, y en donde el cuerpo ausente de la artista prefigura en un proceso de mutación material su propia finitud. 

Ficha:

Curaduría: Valentina Quintero.
Asistencia: Diana Martínez Tancredi.
Locación de la performance: Nos en Vera.
Sonido: MISHA.
Ángel demonio: Dominiki.
Alquimista: María Paz Sobrado.
Deportista audiencia: Azul Rosetti.
Instalación olfativa: Odor.
Fotografía: Gonzalo Resti.
Galería: Valerie’s Factory.
Periodo: La muestra puede visitarse hasta el 13 de diciembre inclusive.



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