teatro
El retorno vivo de los objetos  | Por Javiera Miranda Riquelme


02/09/2025

Exposición sobre El Periférico de Objetos en el Museo de Arte Moderno

Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq

Curaduría: Jimena Ferreiro, Andrés Gallina y Alejandro Tantanian. Diseño museográfico: Iván Rösler. Producción: Julieta Potenze. Identidad visual: Leandro Ibarra. Espacio: Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Av. San Juan 350, CABA). Periodo de exposición: Hasta el 28 de febrero de 2026. Horarios y valor de entrada: acá.

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires abre sus salas a la memoria inquieta del Periférico de Objetos, colectivo que trastocó las reglas del teatro experimental porteño entre 1990 y 2009.

En los años noventa, cuando el teatro independiente porteño buscaba redefinir sus lenguajes post dictadura, un grupo de jóvenes artistas decidió salirse del guion heredado. Ana Alvarado, Emilio García Wehbi, Daniel Veronese y Román Lamas —formados en el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín— emprendieron con El Periférico de Objetos una fuga radical y abandonaron el títere tradicional para reconfigurar la relación entre el cuerpo, los objetos y la memoria, no pocas veces oscura.

El Periférico inventó en la Argentina el concepto de “teatro de objetos”. Lejos de la ingenuidad infantil a la que estaba relegada la figura del muñeco, propusieron figuras hiperrealistas, escultóricas, a veces animales, a veces humanas, siempre inquietantes. En su escena convivían restos orgánicos, materia viva, instalaciones visuales y máquinas escénicas. No se trataba de representar sino de tensionar y por qué no, trastornar. El objeto ya no era utilería, sino protagonista y dispositivo crítico.

La exposición reconstruye a través de las artes plásticas y audiovisuales objetos, personajes, escenas e instancias de algunas de las obras del grupo, además de una línea de tiempo de sus producciones que incluye archivos gráficos.

la línea de tiempo arranca por el primer gesto del grupo, Ubú Rey (1990), estrenada en el Parakultural: un regicidio estético en clave jarryana que desplazaba la tradición titiritesca hacia un teatro grotesco y feroz. A partir de allí, cada montaje fue un experimento que dialogaba tanto con las vanguardias internacionales —Kantor, Bausch, Müller— como con las marcas traumáticas de la historia argentina reciente.

En Cámara Gesell (1994), el dispositivo panóptico se convertía en tablero de ajedrez donde un niño parricida exhibía la violencia de la sociedad disciplinaria. En Máquina Hamlet (1995), junto al dramaturgista Dieter Welke, los muñecos-maniquíes replicaban y desbordaban a los actores para amplificar el eco de Müller y Shakespeare en pleno neoliberalismo. El resultado fue un shock cultural: un Hamlet de fin de siglo que interrogaba tanto a la tradición como al presente.

Con Circonegro, el grupo puso en escena un teatro del exceso que, lejos de buscar coherencia, apostaba a la saturación como forma de resistencia. El artificio, el gag y la violencia se mezclaban en un mecanismo que devolvía al espectador una imagen grotesca y fragmentada del mundo, casi como un negativo de lo real. Esa pulsión de repetir, deformar y parodiar materiales previos no fue un mero reciclaje, sino un ensayo sobre la imposibilidad de volver a empezar sin cargar con los restos. Así, la obra puede leerse como un umbral entre la despedida de una etapa y, al mismo tiempo, la anticipación de la deriva hacia territorios más sombríos y abismales.

La lógica periférica alcanzó un nuevo umbral con Zooedipous (1998), que trastocaba el mito de Edipo y lo injertaba con Kafka, Deleuze y la imprevisibilidad de la materia orgánica: gallinas vivas, insectos proyectados, muñecos crueles de tamaño humano. El escenario era un laboratorio donde la vida y la muerte se rozaban en tiempo real.

Ya en el 2000, obras como El Suicidio y La última noche de la humanidad empujaron al límite la potencia de los objetos como metáforas políticas. Entre lo documental y lo apocalíptico, entre la imagen surreal y la instalación performática, el Periférico puso en escena un país desintegrado, una humanidad al borde del colapso.

La exposición actual, construida junto a sus protagonistas, no se limita a la nostalgia. Se trata de un retorno vivo de los objetos: documentos restaurados, muñecos reconstruidos, instalaciones reactivadas. Como pequeñas máquinas del tiempo, estos fragmentos reponen la intensidad de un grupo que, sin programas dogmáticos, transformó la escena cultural argentina.

El Periférico de Objetos trabajó desde los márgenes, pero nunca para ocupar el centro. Su legado sigue latiendo en ese territorio ambiguo, un teatro que es también artes visuales, instalación y política. La pregunta hoy no es tanto cómo representaron una época, sino cómo sus objetos —maniquíes, animales, restos— aún siguen mirándonos, desde su periferia, como si supieran más de nosotros que nosotros mismos.

Puedes escuchar aquí la playlist publicada por el Museo de Arte Moderno que recoge el tono oscuro de la poética de El Periférico de objetos:


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