27/01/2026
Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq
Esta entrevista ocurrió hace mucho tiempo.
En algún momento me dice que camina dentro de su casa y reflexiona o recita grabando su voz. Mientras me habla, reconstruyo mentalmente el recorrido posible que hace mientras camina y habla solo. Supongo que el recorrido debe ser desde la cocina hasta la puerta de su sala, atravesando o quizá rodeando la mesa de centro o los banquitos de bar que usa para apoyar el cenicero. Seguro el recorrido incluye, en algún momento, meterse en uno de sus cuartos, que veo a oscuras desde la sala, para pronunciar los versos más determinantes o los que más le siembran cólera. Quizá también sube la escalera que va a una terraza a la que primero me invita y luego desiste de llevarme para hacer la entrevista. Me lo imagino caminando, haciendo sonar la suela de sus zapatos de dandi sobre el piso de su casa.
Lo de que camina mientras graba su voz improvisando me lo dice cuando le pregunto por su proceso creativo. Yo le digo que también camino para hablar en voz alta y grabarme como disparador creativo de mi narrativa. Mentira. Le miento. Miento por culpa. Yo me tomo el colectivo 37 en Barracas hasta la terminal en zona norte, ida y vuelta, sin propósito, más que poder escribir a mano mientras viajo. Algo de esa deriva psíquica o ensoñación es la que me llevó a su casa, me doy cuenta.
Ahora, hoy, en enero, escucho la grabación de la entrevista y me doy cuenta de que luego realizo una pregunta zonza, una pregunta que ha perdido el hilo porque yo estuve imaginando su recorrido por la casa.
Me dice que ya tiene más de cincuenta libros publicados. Le pregunto si habían vicios en ese núcleo de poetas con los que se empezó a juntar luego de sus primeros libros. Que me cuente cómo eran, qué hacían, qué fumaban y qué bebían. Deseo siempre conocer los vicios de la gente.
—Tomábamos mate y fumábamos cigarrillos —me contesta cauteloso y educado—. Estábamos todo el día hablando de poesía. La poesía se construye desde la palabra hablada. La poesía no es solamente una disciplina, también es una forma de vivir. Nosotros estábamos todo el día obsesionados hablando de poesía, y hoy me puedo pasar todo el día hablando de poesía. Y toda la vida también.
Me cuenta entonces que así fue también como comenzó a tener gusto por las primeras ediciones. Me narra cómo le fueron arrebatadas algunas y las historias me encolerizan. Le digo que vayamos a buscarlas, que botemos las puertas y entremos a las piñas. Responde con una mueca bastante plana y horizontal para terminar de ser una sonrisa. Le digo que estaba bromeando. Pero sabemos que mí ofrecimiento era serio.
—¿De qué hablaban tú y tus jóvenes amigos poetas?
—Imposible reproducir lo que hablábamos. Fue hace mucho tiempo. Pero probablemente hablábamos del verso proyectivo, hablábamos de los hermanos Lamborghini, de la musicalidad del verso. Me acuerdo que cuando fui a ver a Daniel Durand, que iba a editar mi libro, y a propósito de una opinión mía sobre un poeta, él me decía que mi poesía es de los espacios abiertos. Yo escuchaba muy atento, pero atento como en esas escuchas que son como los sueños, porque después te los olvidás.
—¿Y qué poesía te obsesionaba en esa época?
—En principio leía mucho a los surrealistas. Y también a Lautréamont, a Rimbaud. Todo lo que no fuese de esa onda me parecía una estupidez. Igualmente yo siempre he estado en contra de la arrogancia y la ironía. Era y soy sencillo.
—¿Pero ese enaltecimiento del surrealismo era la onda de los poetas de tu ambiente?
—No, el surrealismo estaba pasado de moda. Yo hacía más pie en la imaginación y ellos tenían una poesía más autobiográfica, más anecdótica. Y lo mío eran anécdotas de la psiquis.
Escucho mis preguntas, mis divagaciones. Escucho ahora sus respuestas y me parece que estaba distraída, nerviosa. Fingiendo exceso de simpatía para compensar el papelón profesional de haber perdido, en el subte camino a su casa, mi libreta con las preguntas preparadas. Preguntas carentes de cualquier inquietud o curiosidad por su labor editorial, por ejemplo. Aunque es verdad que cuando le escribí para concertar la entrevista me mandó un mensaje diciendo “no me preguntes cómo surgió Mansalva, eso me lo preguntan siempre”, o algo así. Derrapo. De pronto empiezo a hablar de mí, de las cosas raras de Chile.
Entonces pesca el hilo del tema Chile y me dice que, estando allá, inspirado en la rebelión del 2019, escribió un libro. Entra en una habitación, sale con un poemario y me lo regala. Y ahora, que lo tengo sobre el escritorio, lo leo y pienso que la entrevista era quizá una máscara. Una excusa circundante de la verdadera fuerza subterránea de la entrevista. Me refiero a los fantasmas.

Lo que pasa es que me cuenta algo muy suyo. Y yo le cuento algo muy mío. De nuestras vidas privadas. Sin querer queda grabado en los audios.
—Por favor, no lo pongas –me pide.
—Por supuesto que no –le digo– no es mi mejor carta de presentación.
Trato de volver.
—¿Ese grupo de poetas sigue escribiendo?
—Sí, como yo. Como a ellos, el camino me había elegido a mí, y no yo al camino.
—¿Los sigues leyendo entonces?
—Sí. Y también a los poetas jóvenes. Me gusta que se sirvan de la poesía como instrumento de experimentación de la vida. Aunque me gusta más la poesía de las mujeres, es más arriesgada.
—¿Procedimentalmente? ¿Temáticamente?
—Sí, y también en la construcción de mundo. Me parece mucho más interesante el mundo mental de las mujeres que el de los hombres. Los hombres me aburren. Me dejan sin cuidado. Uno le tiene cuidado al peligro. Y la poesía de los hombres no me parece una poesía peligrosa. Son como resúmenes de su vida cotidiana puestos en columnas, en versos.
—Nombres de esas mujeres poetas, por favor.
—Caterina Scicchitano, Micaela Piñero, Rita Chiabo, Niki Rouge, Camila Gassiebayle. Pero bueno, me gustan un montón, pero no las puedo nombrar a todas. Es como esa canción de Spinetta que dice “todos estos años de gente…”.
También nombra algunos varones de vez en cuando, pero quedan dispersos.
—¿Tienes hambre? —me pregunta—. ¿Te gusta el sushi?
Yo fui a hablar de poesía con él y terminé contando secretos y ligando almuerzo. Antes de irme, por alguna razón le digo que no he podido comprar el Tomo II de Los Cantares de Ezra Pound. Se va a la habitación, otra vez, y vuelve con un librote.
—Los Cantares completos de Pound —y me lo muestra.
Y una cosa lleva a la otra, me refiero al Pound grupi del fascismo, y paso a hablar de Céline y de Rimbaud.
—Rimbaud no fue esclavista, eso es una mentira, lo inventaron —me dice. Es la primera vez desde que llegué a su casa que me habla tan determinantemente.
—Quizá también sea mentira que pasó por la Comuna de París en 1871. Igual no me importa si fuera un comerciante de esclavos, en todo caso. Tampoco me importa que Céline fuese filonazi. Lo mismo con el depravado de Woody Allen. Que algunos merezcan el fusilamiento o la cárcel no quita que sean artistas majestuosos —contesto.
Me voy de su casa hacia la mía. Tomo el subte y le mando un audio a mi novio: “No creo que sea capaz de desgrabar esta entrevista, ¿me harías el favor de hacerlo tú? Creo que no soportaré escucharme hablando hueás y desvariar”. Mi novio me dice que no, que no tiene tiempo. De pronto me agarra la certeza de que me van a asaltar. Subo los audios de la entrevista a mi nube, para que no se pierdan. Algún textual bueno debería haber para el titular. Espero. Supongo.
Esa tarde, en casa, salgo al balcón y me pongo a leer el poemario. El título es Maryka, editado por La Calabaza del Diablo. Hay un poema. Un poema casi épico, con tufillo a Paul Éluard. Le escribo por WhatsApp y se lo digo. “Puede ser”, me responde. ¿Qué es lo que me suena a Éluard de ese poema de Francisco? Claro, es esto: Contra la carne muerta / y por la sangre viva / contra la escuela abierta / y las carreteras encendidas, dice él. La repetición de la preposición es lo común, me digo: Sobre las sendas despertadas / sobre las carreteras desplegadas / sobre los lugares que desbordan / escribo tu nombre. El ardor de las calles, otro asunto común.
No volvimos a hablar más hasta hace unos días de enero, en que me manda un mensaje: “¿y la entrevista cuándo se publicará?”. La otra semana, sin falta, le prometo. Duermo una siesta y al despertar vuelvo a leer su mensaje. Intercambiamos algunos audios. Sobre El Tigre, sobre la isla de Chiloé en Chile. Sobre el asunto de embarcarse. Me voy a mi escritorio, abro la computadora, abro la nube y pongo la letra G en el buscador. Aparecen algunos audios: “Francisco Garamona 1”, “Francisco Garamona 2”, “Francisco Garamona 3”.
Sobre Francisco Garamona
Francisco Garamona nació en Buenos Aires en 1976. Desarrolla una práctica múltiple que incluye la edición, la gestión librera, la curaduría, la música, las artes visuales, la escritura y el trabajo documental, actividades que ejerce de manera sostenida. Publicó más de cincuenta libros en sellos de Argentina, Chile, Paraguay, Colombia, México, Guatemala, España y China. Como músico editó ocho discos de canciones, disponibles para escucha y descarga gratuita en garamona.bandcamp.com. Realizó los documentales Sergio de Loof. El Monarca en 2016, Juan José Cambre. Todo lo que no hago mientras pinto en 2017, Marcelo Alzetta. Una baldosa renacentista en 2020 y Fabio Kacero. El fantasma y la grafóloga en 2022. Actualmente dirige la editorial Mansalva y la librería La Internacional Argentina.