POR CLAUDIA GROESMAN
@claudiagroesman
Dramaturgia: Juan Ignacio Fernández. Dirección: Guillermo Cacace. Actúan: Raquel Ameri, Paula Fernandez Mbarak, Pilar Boyle, Marcela Guerty, Clarisa Korovsky, Romina Padoan, Muriel Sago. Asistencia de dirección: Alejandro Guerscovich. Lugar: Apacheta Sala Estudio (Dr. Enrique Finochietto 483, CABA). Funciones: Viernes 21 horas y Sábado 20 horas. Duración: 100 minutos.
Las actrices se sientan alrededor de una mesa que hace las veces de escenografía, cada una con su micrófono. Los espectadores se ubican en una extrema cercanía, como si la intención fuera cercar el espacio escénico y ser partícipes de la encerrona de los personajes.
Bolsas vacías de snacks, manchas de vino derramado, dan cuenta de los restos de una reunión que bien podrían ser las de una situación de ensayo. El vestuario de las actrices acompaña esta idea, que propone una continuidad entre la vida y la escena, un estar “como en casa”, una superposición entre el espacio íntimo y el teatro.
Minutos antes, su director cuenta que cuando comenzaban a pensar la obra, sobrevino la pandemia y el encierro. Los primeros ensayos fueron a distancia, luego decidieron interrumpirlos hasta que se habilitara el contacto nuevamente.
Gaviota es una obra que segrega el ánimo de ese tiempo incierto. Agudiza el sentimiento abismal que anida en el teatro de Chejov, el de un alma que conspira contra sí misma. Podría decirse que ese sentimiento produce una comunión de soledades donde la trama se teje en el límite de lo que pueden nombrar. La estrechez espacial a la que la puesta en escena constriñe los cuerpos, fuerza las emociones que se precipitan agravando el aislamiento. Se trata de un encierro hermético, compartimentado pero con muros invisibles. El cuerpo-contorno se hace carne de la impotencia frente al afuera. Los otros son duplicaciones fantasmales de la propia desdicha.
Con la inmovilidad como idea clave de la puesta en escena, la obra da forma a las trayectorias imaginarias de los personajes, a los cambios de vida que ilusionan pero que al concretarlos desenmascaran su fracaso, a los temores que nublan el intento de sincerar su deseo. La resignación es la marca de un destino sellado por el desamor que se espera y se confirma.
