19/01/2026
Javier Sistti Ripoll
@triceratopsroll
La consigna no fue mía. La publicación propuso escribir “en contra de algo” y, como suele pasar, lo primero que apareció fueron las obviedades: contra el gobierno, contra el capitalismo, contra alguna figura más o menos disponible para el rechazo inmediato. Todo eso ya estaba escrito antes de que yo lo pensara. Ideas que vienen con el paquete cerrado, listas para ser pronunciadas sin demasiado esfuerzo. Y ahí apareció el problema: si la consigna era estar en contra de algo, quizá el verdadero gesto no era sumar una obviedad más a la lista, sino escribir contra lo obvio como tal. Contra esa zona cómoda donde las cosas parecen tan claras que ya no necesitan explicación.
Hay una afinidad profunda entre lo obvio y la desaparición de la causalidad. Cuando algo se presenta como evidente, deja de exigir preguntas; y cuando las preguntas desaparecen, la relación entre los actos y sus consecuencias empieza a aflojar. La tesis que empuja este ensayo es bastante simple y bastante inquietante: la crisis contemporánea de la causalidad no es un problema de ignorancia ni de falta de información, sino el resultado histórico de una separación progresiva entre los objetos y la comprensión de cómo funcionan. Usamos cosas todo el tiempo sin tener la menor idea de qué hacen ni qué producen. Y cuando eso se vuelve norma, la causalidad deja de ser una experiencia vivida y pasa a ser una abstracción lejana.
Durante mucho tiempo, pensar consistió en asegurar que el mundo tuviera razones para sostenerse. Aristóteles llevó esa pregunta hasta sus últimas consecuencias: si el mundo tenía un orden, debía haber razones que lo sostuvieran. Frente a las hipótesis sobre el movimiento de la Tierra, se inquietaba por algo elemental: si todo se moviera sin una explicación suficiente, ¿cómo podrían las cosas mantenerse en su lugar? Que el mundo no se desarmara era, para él, una prueba de que las causas estaban operando. Pensar causalmente era una manera de asegurar que la realidad no fuera un caos, sino algo inteligible y relativamente estable.
Siglos después, David Hume introdujo la incomodidad definitiva. No negó la causalidad, pero la desfondó: dijo que no vemos causas, vemos repeticiones. Lo que llamamos causa no sería una ley inscrita en el mundo, sino un hábito de la mente. Pensamos causalmente porque estamos acostumbrados a que ciertas cosas sigan a otras. Esa observación —mucho más perturbadora de lo que suele admitirse— dejaba una pregunta abierta: ¿qué pasa cuando los hábitos que sostenían la causalidad empiezan a romperse?
Kant respondió a esa amenaza con una operación decisiva. Si la causalidad no estaba garantizada por el mundo, debía estar garantizada por nosotros. La convirtió en una condición a priori de la experiencia: no conocemos primero los hechos y después las causas, sino que solo podemos tener experiencia porque organizamos lo que percibimos causalmente. Sin causalidad, no hay mundo posible, apenas una corriente disgregada de percepciones sin anclaje.
Y da la impresión de que eso es, en parte, lo que estamos viviendo: una realidad hiperacelerada y fragmentada, más cercana a un flujo errático de estímulos que a un mundo articulado por relaciones comprensibles.
Este momento empieza a volverse legible cuando los objetos dejan de ofrecer resistencia. Byung-Chul Han lo describe en No-cosas con su tono habitual de alarma elegante: vivimos rodeados de pantallas que funcionan como superficies lisas, sin profundidad, sin historia, sin “cómo”. Hay que decirlo: Han a veces escribe como si estuviera sentado en un living minimalista, fascinado y horrorizado a la vez por todo lo que toca. Su prosa generaliza, cita poco y da por obvias demasiadas mediaciones. Pero en este punto acierta. La pantalla no muestra procesos, solo resultados. No enseña causalidad, enseña operatividad. Tocamos un ícono y algo ocurre. Qué ocurre, por qué ocurre, qué implica, queda fuera de campo. No es que el sistema oculte la causalidad: la reemplaza por inmediatez.
El efecto cultural de ese régimen es fuerte. Empezamos a vivir en un mundo de acontecimientos sin causa visible. Y cuando las causas desaparecen de la experiencia cotidiana, la responsabilidad empieza a tambalear. No es casual que proliferen formas de pensamiento casi mágico en entornos hipertecnológicos. Gente que cree que borrar Mercado Pago del celular equivale a borrar la deuda contraída con el sistema financiero. No es solo ingenuidad económica: es una pedagogía de la pantalla. Lo que no se ve, no existe. La causalidad, en cambio, insiste aunque no tenga ícono.
Esto no es una falla individual: es una lógica de sistema. Algo parecido había advertido hace más de cinco décadas Norbert Wiener. Matemático, filósofo y pionero de la cibernética, Wiener pensó antes que muchos qué pasaba cuando los sistemas técnicos empezaban a organizar la vida social. En The Human Use of the Human Being mostró cómo los sistemas tienden a repetir lo que funciona, no a explicar por qué funciona. Cuando la repetición garantiza estabilidad, la comprensión se vuelve un gasto innecesario. En términos culturales, eso implica que la explicación cede su lugar al automatismo. La causalidad se convierte en hábito; el hábito, en reflejo. Así se consolida una cultura que funciona sin comprenderse a sí misma.
Esto no pasa solo en el plano social. Pasa en el cuerpo. La repetición constante de gestos, discursos y decisiones arma senderos de baja resistencia en nuestras redes sinápticas. Pensar se vuelve circular. Lo obvio deja de ser una idea y se transforma en una infraestructura mental. Cada vez que aceptamos algo sin explicación, fortalecemos un circuito que nos aleja un poco más de la pregunta causal. La plasticidad cerebral, tan celebrada, también fija. Y fija rápido. El icónico e inefablel Ricardo Iorio lo expresó con su honda sabiduría en una de sus míticas entrevistas: “Yo sé hacer un pastón, rectificar un motor. Quedarse encasillado en algo labra un surco en la mente y no te deja salir de ahí, viste?”. No hacía falta un paper de neurociencia: el surco existe. Y cuando se profundiza lo suficiente, pensar otra cosa se vuelve casi imposible.
Slavoj Žižek lo formuló de manera brutal hace años: la ideología ya no funciona porque la gente no sepa lo que hace, sino porque lo hace igual. “No saben por qué lo hacen, pero lo hacen”. No hace falta creer en la promesa para actuar como si fuera cierta. La causalidad no desaparece: se vuelve irrelevante. Lo importante no es entender el efecto, sino sostener el gesto. Votar contra uno mismo, entonces, no aparece como contradicción, sino como una rutina más dentro de un mundo donde las consecuencias dejaron de sentirse como propias.
Esa lógica también se filtra en el lenguaje. Roman Jakobson, cuando todavía se creía que la comunicación servía para explicar el mundo, distinguió una función que no informa nada: la función fática. Hablar para verificar que el canal sigue abierto. Hoy esa idea parece escrita para WhatsApp: “visto”, “emoji”, “like”. No importa el contenido, importa que algo circule. La función fática se devora a la referencial. Y una comunicación que no explica contribuye, sin estridencias, a la erosión cotidiana de la causalidad.
En un mundo administrado hasta el cansancio, Sloterdijk propone algo incómodo y necesario: volverse ingobernable. No como pose heroica, sino como práctica mínima. Volverse ingobernable es negarse a aceptar que las cosas “simplemente pasan”. Es volver a preguntar por el proceso cuando el sistema solo ofrece resultados. Es insistir en la causalidad como gesto ético.
Por eso, este texto, desde su desesperada y banal obviedad, intenta ir contra lo obvio. No por sofisticación ni por capricho, sino porque todo necesita una explicación. Sin explicación no hay causalidad. Sin causalidad no hay responsabilidad. Negarse a vivir en la superficie —volver a preguntar por el cómo— es, hoy, un gesto ético y profundamente humano.
