danza
La danza como imaginación del derrumbe | Por Claudia Groesman


Arquitecturas del derrumbe

POR CLAUDIA GROESMAN
@claudiagroesman

Creación e interpretación: Gustavo Lesgart y Quio Binetti. Diseño sonoro: Diego Vainer. Diseño lumínico: Paula Fraga. Asistencia: Candela Mosquera. Fotografía: Ana Rodban. Sala: Centro Cultural Borges. Reestreno: Viernes y sábados de marzo a las 20 horas. Duración: 50 minutos.

Sus cuerpos se mueven en una deriva donde las líneas de fuerza se intersectan, se atraen y rechazan con la intensidad de un imán. Su trayectoria es imprevisible, desorientadora. Sin embargo, hay un plan que demanda su desciframiento en el curso de la acción.


La actividad consiste en proyectar direcciones, trazar distancias, observar las relaciones y disolverlas en un recambio veloz. Nada llega a ser, el ritmo se puntúa en cada desarme. La incertidumbre tiene una lógica. Su traducción al espacio es arquitectónica: el planteo coreográfico permite percibir el andamiaje inestable de toda construcción formal. El estudio del movimiento comporta las relaciones de peso y sostén, de equilibrio y desequilibrio de fuerzas. La obra parece decirnos que toda amalgama alberga su propia destrucción, su derrumbe potencial.

El agón es el espacio escénico de una dramaturgia que restituye el poder actuante de las fuerzas. Más que una coreografía, parece una arqueología: el despliegue de un saber experimental que reconstruye los efectos de la pérdida. La imaginación de la pérdida es el material de inspiración ético y estético: provocar la ruina y evidenciar el desgaste como valores contrarios a la estabilidad y la permanencia.


La danza es el acontecer de ese despliegue. Articula la conexión entre zonas diseminadas que componen un paisaje fantasmático. En el derrumbe persiste una memoria. La danza parece surgir allí, como el resplandor de una forma olvidada. Entrenar la desmaterialización de la forma para captar su germen, su matriz embrionaria. Danzar, si fuera posible, el “durante” del derrumbe. Indagar su secreto, su opacidad intrínseca, lo que se resiste a la captura, lo imposible de recordar, de dejar atrás. No habría entonces espacio vacío. El espacio está colmado. Se trata de deshabitarlo para afinar la lectura de las tensiones espaciales.

La reconstrucción requiere del rastreo, y rastrear es ir hacia atrás. Diseñar en movimiento la juntura imprecisa de los escombros, ensayar su ordenamiento precario. Sus cuerpos son los vehículos materiales de las fuerzas en colisión: de instrumentos de la demolición a vestigios del aplastamiento.

Pero el derrumbe aconteció. Se puede palpar su realidad y recomponer su estructura residual invisible. Una instalación efímera rodeada de silencio para hacer audible su eco.

Esta obra cuenta con el apoyo de Fundación Santander a través de Mecenazgo. Obtuvo una residencia en el Parque de la Estación en 2023 y fue seleccionada por la convocatoria _lado b de Fundación Cazadores para su coproducción 2024. Recibió el apoyo del Fondo Metropolitano de las Artes.



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