28/01/2026
Por Miranda Di Lorenzo
@mirandadilo
Abunda en el teatro de hoy algo que siendo benevolentes podríamos llamar una actuación metateatral: una actuación que se reconoce como actuación, que en ningún momento juega a no serlo, que no juega a ser verdad. Esto se da en obras donde está tematizada la propia actuación, el teatro, la ficción, pero también en obras donde no. ¿A qué me refiero entonces con esta idea de la actuación metateatral, que escapa a esta supuesta verdad?
El concepto de la verdad en escena es uno de los muchos términos para los cuales cada escuela, cada elenco, tiene una definición diferente: es algo muy difícil de definir, casi inasible, pero que también me parece imprescindible. La verdad como concepto estuvo en una época muy ligada al realismo, era en estas escuelas en las que se hablaba de verdad, con una idea psicologista incluso. Pero no es esa concepción de verdad de la que estoy hablando, hablar de verdad no tiene que tener que ver con hablar de algo real, o realista.
La verdad de la que hablo no es más que una creencia, un estar convencido de lo que se está haciendo; uno puede ser un duende y actuar con verdad, no exponer en medio de la ficción que se trata de una ficción. No es necesario imitar la vida real para actuar con verdad, y mucho menos actuar solo cosas que nos sean cercanas. La cuestión está en exponer o no el artificio de la actuación, decisión que a veces puede ser muy acertada. Y a veces no.
Es eso de lo que quiero hablar: de ese guiño cobarde que dice “igual estoy actuando eh”.
Si estuviéramos en Hollywood podríamos hablar del enorme juicio moral que hay sobre los personajes; ya casi no se ven historias donde el “malo” no sea castigado, o donde no quede clarísimo que los creadores de una ficción no avalan o promueven el comportamiento de tal o cual personaje, sea o no el villano. Acá, por suerte, no pasa eso; no nos persigue el miedo a quedar pegados a la moral del personaje que estamos haciendo, me atrevo a decir que acá no tenemos la cabeza tan lavada por la corrección política. ¿Por qué entonces esa necesidad de dejar en claro que estoy actuando, que lo que se está viendo no es verdad, no es en serio?
Un poco se le podría atribuir al miedo a hacer el ridículo, la idea de que si dejo en claro que es un chiste, que es un juego, no se me puede acusar de actuar “mal”. De la misma manera, a veces vemos puestas en escena que parecen hechas “así nomás” o “con dos pesos”. Mientras menos evidente sea el esfuerzo, menos hay en juego. No quiero decir que todos los proyectos deberían ser megalómanos, o pretender tener una infraestructura y un presupuesto que a veces -en general- no se tiene. Sin embargo, uno puede ver claramente cuando esa “pobreza” es adrede, para tener una especie de excusa ante la posibilidad de un supuesto fracaso. Es más fácil de ejemplificar con lo material que con la actuación, donde a veces la diferencia es un gesto, un matiz.
Ese “así nomás” en la actuación podría traducirse en una burla, que según como estoy atinando a definirla acá, sería la antítesis de la verdad. Un ejemplo tonto: tengo que hacer un personaje que tiene un acento; mientras peor me salga el acento, más gracioso va a ser, y, al ser consciente de que lo hago mal, no voy a intentar hacerlo bien (o, más que bien, en serio), por lo tanto, no hay riesgo. Lo mismo puede pasar con un gesto de llanto, una sorpresa, una risa, o un personaje en su totalidad: si no lo hago en serio, si no intento actuar con verdad, no hay riesgo de hacerlo mal.
Está de más decir que hacer algo mal o bien actuando es complejísimo, subjetivo, y casi que no existe; son solo términos que simplifican el conjunto de técnica y misterio que hacen que una actuación guste, conmueva o genere algún efecto. Pero sí me parece que es claramente identificable cuando alguien lo está haciendo en serio, ese riesgo es palpable.
Y el riesgo es importante. El riesgo es, en parte, lo que diferencia al teatro de otras disciplinas. ¿Por qué, si no, es tan emocionante que algo sea en vivo? No hay cortes, no hay “segundas oportunidades”; la función se repite, pero cada repetición, cada función, está viva por ese riesgo, la posibilidad de que algo no salga como tiene que salir. Ver a un actor en vivo es similar a ver a alguien caminando por una cuerda floja: se puede caer.
Hace poco fui a ver dos obras de teatro en un día, en ambas participaban compañeros, personas queridas. La primera tematizaba el teatro, hablaban del devenir de la creación de esa obra en particular, hacían chistes internos y se reían de ellos mismos, postulaban también teorías o comentarios interesantes sobre la escena; actuaban, sí, por momentos, de “otras personas” (personajes), pero en ningún momento esa actuación era en serio. Siempre había una burla: se burlaban de quienes actúan de tal o cual manera, de directores, de alumnos, de ellos mismos en otros momentos de sus vidas, e incluso de ellos mismos ahora.
La otra obra era una historia lineal, que sucedía en un lugar lejos de CABA, tenían vestuarios no necesariamente cómodos, actuaban de personas con problemas muy distintos a los que tienen ellos. Había momentos ridículos, graciosos, pero en ningún momento se burlaban de lo que estaban haciendo; lo hacían en serio, sin ese guiño tranquilizador que dice “yo sé que esto es ridículo” o “yo no soy así de tarado o hijo de puta eh, es el personaje”. Se podría argumentar que por momentos no actuaban tan bien, les fallaba la técnica, el timing, lo que sea, pero podemos decir eso porque tomaron ese riesgo. Y es esa honestidad, esa entrega, lo que agradezco cuando salgo de una sala.
No pretendo argumentar que una obra era temática o estructuralmente mejor que la otra. Creo fervientemente que se puede tematizar el teatro, incluso hablar de uno mismo, sin caer en esa burla o ese guiño; no es algo reservado para las historias lineales o los personajes clásicos.
Hay también un miedo a alejarse de uno mismo, a parecer algo que no se es. Usé varias veces la palabra personaje. A lo que me refiero no es necesariamente a la noción más “clásica” de personaje -que implicaría tal vez una construcción, una idea de las características, personalidad, historia que este supuesto personaje tendría-, sino a ese otro en el que uno se convierte cuando sube a un escenario, cuando está actuando. En una ficción, uno siempre, indefectiblemente, está interpretando a un personaje.
Existe también la concepción de que si hablo de lo que me es cercano, cotidiano, voy a ser más genuino, como si uno solo pudiese actuar de lo que ya es; la idea de que todo, cualquier cosa, puede ser poético. Citando al Maestro Mauricio Kartún: “cualquier cosa no, porque cualquier cosa es un sapo”. Lo cotidiano no tiene por qué ser poético. Yo no tengo por qué ser poético, por eso me disfrazo, me convierto en otro.
Y si me disfrazo de verdad, si juego en serio a ser otro, corro el riesgo de parecer ridículo, hacerlo mal; y es ese riesgo lo que hace de nuestra profesión algo tan delicado, vulnerable, y hermoso.
