cine
Pin de Fartie. Postales de la patria  | Por Gaspar Homps


26/03/2026

El nuevo film de Alejo Moguillansky

Gaspar Homps
@gasparhompsoficial

Dirección: Alejo Moguillansky. Guion: Luciana Acuña, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Fotografía: Inés Duacastella y Tebbe Schöning. Edición: Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Música: Maxi Prietto. Sonido: Marcos Canosa. Producción: Laura Citarella y Ezequiel Pierri (El Pampero Cine). Elenco: Santiago Gobernori, Cleo Moguillansky, Laura Paredes, Marcos Ferrante, Luciana Acuña, Maxi Prietto, Laura López Moyano, Fernando Tur, Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Duración: 106′. Funciones: viernes 20 horas. Lugar: Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires – MALBA

Es una película sobre finales. Quizás esa sea la afirmación más incontrovertible y obvia que se puede hacer sobre Pin de Fartie (2025), dirigida por Alejo Moguillansky. Se anuncia ni bien empieza la película, nosotros lo sabemos y todos los personajes lo saben. El final de una partida, de una patria, de esa actividad que alguna vez se llamó cine.

El film funciona a través de un sistema que le permite abrirse infinitamente: una adaptación de que no se cierra dentro de la obra que adapta, ni tampoco dentro de su propio sistema, pero que sí requiere del director un aprecio, un cariño y una familiaridad absoluta con su objeto de adaptación. Se estructura alrededor de cinco ficciones (acaso seis), con una pareja en cada una, todas unidas por Final de Partida de Samuel Beckett. Al final de la película uno de ellos se irá y dejará al otro completamente solo. La película anuncia que estos personajes asumirán el lugar de una ficción, y cada uno de manera distinta asume ese lugar. 

También hay una mujer, que narra la película junto a un trovador que la acompaña. El trovador, que se encarga de producir la música del film, no ocupa el lugar de un ritmo interno de la película, sino que se separa y habita su propio espacio (en este caso una sala de grabación), un espacio que a su vez se ve atravesado por el cine. La narradora narra la vida y los pensamientos de los personajes como si ellos interpretaran lo que ella dice cual obra de teatro, mientras que el trovador en cambio canta como si la ficción y las vidas de estos personajes fueran una partitura que él interpreta. Es decir: las panderetas suenan con el saltar de los personajes, no al revés. Pues es la voluntad y la curiosidad del cine la de conquistar a las otras artes (dijo Moguillansky en una entrevista para Otros Cines). Es así como se filman otras artes, y es así como se adapta algo al cine, al arte superadora. En su libertad descubre cómo adaptar el teatro de una forma pura y únicamente cinematográfica.

Otro ejemplo: se filma a un libro. Una mano selecciona y subraya el diálogo de una escena de la obra de Beckett. Tras cada subrayada se corta a un primer plano del personaje que la dice, pero el personaje solo mira, no habla. Este corte carga a la mirada del personaje de una intención y de una ficción que con solo el rostro no estaría. 

En un momento la niña mira al cielo con un largavistas y ve a una multitud furiosa y bruta. Les intenta leer los labios y ve que dicen “¡Viva la libertad, carajo!” . Luego mira a Francia y ve que ya no les pega el sol. “Un poco de luz les quedaba” dice la niña. “Como en…” dice el ciego. Por primera vez en una película de Alejo Moguillansky, estamos peligrosamente cerca de oír la palabra Argentina

Pero antes de que ocurra, nuevamente corta a un libro. Hamm dice “¿No estamos a punto de… de… significar algo?”

Y entonces ahí es que comprendemos que el subrayado del texto los hace. Quizás no necesariamente hablar ni pensar en el texto, pero sí hace que un rostro, un personaje que está fundamentalmente vacío, se asocie inextricablemente con un texto. Como cuando Marion Crane manejaba sin hacer expresión alguna y se oían en off distintas situaciones que podrían o no estar ocurriendo en ese mismo momento, y su rostro se llenaba de significado. Eso, pero con un libro. Y ahí ocurre una síntesis, un montaje entre la literatura y el cine.

Luego está el modo en que interactúa con la ficción en relación a la obra de teatro. La niña y el ciego burgués al que cuida, por ejemplo, no funcionan como los otros personajes –que terminan conscientemente asumiendo el rol que la ficción les ha obligado a asumir–, sino que parecerían estar condenados a vivir la obra de teatro. Sus vidas son las de Clov y Hamm, solo que ahora son Cleo y Otto, solo que ahora hablan español y viven en una Europa misteriosa en la que el horizonte está borroneado por la niebla, en un pequeño pueblo sobrevolado por aviones de guerra practicando sus maniobras e iluminado por el reflejo de la luna en el lago, lejos de su hogar que quizás ya no existe. Pronuncian las palabras de Clov y de Hamm, piensan lo que piensan y hacen lo que hacen, pero a su vez son personas distintas, en nombre, en apariencia, en su historia.

O los actores que como amantes se reúnen todos los martes para interpretar el texto teatral que atraviesa todo el film. Actúan para ellos, o para una obra de teatro, no importa realmente. Ellos íntimamente entran y salen de la ficción, ensayando todas las semanas juntos. El texto que interpretan sabe mucho antes que ello que se enamorarán, que luego se odiarán y que nunca se volverán a ver. Acabará, quizás acabe. Ellos –a diferencia de la vieja y el hijo que primero fueron Clov y Hamm y luego descubrieron la similitud entre sus vidas y la obra– lentamente se transforman en los personajes que interpretarán. Los nombres Laura y Clov se utilizarán de manera intercambiable. Como todos los finales en el film, este está anunciado hasta para ellos. La narradora en un momento se pregunta qué atraviesa la mente de Laura. Si sabe sobre el final que viene, si está alegre de que venga, etcétera. Las preguntas son, sin embargo, redundantes, porque la respuesta está en sus ojos, llorosos, iluminados por la eterna luna.

A través de un juego casi Godardiano, unas manos comienzan a reordenar el título de la película con piezas del Scrabble o algo similar. En un momento reordena el nombre de la película a la frase “Fin de Patrie”. Fin de la Patria. Patria del Fin.

Como cualquier película que transcurra tanto en el Congreso de la Nación, rápidamente se da a entender que, a pesar de que Hamm, Clov, Otto y Cleo no se animen a significar algo (o al menos de  una forma tan explícita), es una película sobre el gobierno de Javier Milei (por supuesto, entre muchas muchas otras cosas), sobre el fin de una Argentina ahora iluminada únicamente por la luna, sobre ver a tu patria deshacerse en mil pedazos sin poder hacer nada al respecto porque estás en Suiza y Nagg y Nell están afuera, en la vieja y siempre prometedora Europa donde aún llega el sol, poblada de sus trenes y sus lagos, pero que está también al borde de una guerra, y que quizás pronto también deje de existir. La Suiza de Pin de Fartie tiene gente en el sentido estrictamente literal, pero está vacía. Abandonada a pesar de la presencia de camionetas nuevas y trenes que funcionan. Parecería que los únicos humanos que quedan son ellos dos. Por momentos parece una película postapocalíptica, como la adaptación de El Rey Lear que hizo Godard en los ochentas, con la marcada diferencia de que aún existe quienes se hacen cargo de la producción de imágenes y de sonidos. Ana Roy e Inés Duacastella interpretan a dos cineastas, quizás responsables de todas las imágenes que aparecieron hasta ahora, o al menos responsables por filmar a la luna que no es luna reflejada en el lago que no es lago, que perpetuamente ilumina la Argentina. Son las responsables de filmar trenes de juguete que se contraponen a los trenes suizos de verdad. Son las que, usando sopletes, grabaron el sonido de los aviones de guerra que sobrevuelan a Cleo y a Otto. De la misma manera que el film resuelve por filmar las manos de la mujer que lo sonoriza con Claro de Luna de Beethoven, también decide filmar al cine. Decide mostrar las manos que hacen el ruido del lago que oímos a la distancia. Decide mostrarnos la verdad de aquella luna que a través de sus fundidos une cada pedazo del film. Al menos dos personas se ocupan de hacer cine. Eso sí, esperemos que ellas dos se vuelvan a ver, luego del final del film.



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