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¿Qué esperabas? ¡Son los Óscar! | Por Gaspar Homps


11/03/2026

Gaspar Homps
@gasparhompsoficial

Desde que tengo memoria, todos siempre han odiado los premios Óscar. Y no los culpo: son muy fáciles de odiar. Para una noche que se sostiene en el glamour de las más grandes celebridades, con los más brillantes vestidos, en la alfombra más roja del Dolby Theatre, homenajeando a lo mejor que el séptimo arte ha ofrecido este último año, parecería que poco cariño le tienen al cine, y poca consideración tienen por el brillo de la ciudad de oropel. Ya sean los miserables chistes de Kimmel, o DeGeneres pidiendo una pizza y sacándose una selfie durante la ceremonia, o la famosa trompada de Smith, o los chistes de los presentadores sobre lo largas que son las películas, o el hecho documentado de que la mayoría de los votantes no ven las películas, o las incesantes publicidades. Mucha gente tiene problemas con todo eso, y lo puedo entender. Pero, también, me siento obligado a reclamarle a este hombre de paja de “persona que critica a la academia”: ¿Qué esperabas? ¡Son los Óscars! Son los premios más grandes y prestigiosos del mundo. Los pasan en ABC y Hulu, dos plataformas de Disney. Cada decisión se ve completamente influenciada por decenas de corporaciones, la ceremonia poco tiene que ver con el cine.

Entonces, hombre de paja: ¿Viste alguna película que no esté nominada? ¿Viste alguna película que no haya siquiera tenido la posibilidad de estar nominada? 

Mucha gente se queja del poco impacto cultural que han tenido las películas ganadoras del premio a “Mejor Película”, que nunca nominan a las películas de terror ni de comedia, que ganó Cimarrón (1931) y no Frankenstein (1931), que ganó El Discurso del Rey (2010) y no La Red Social (2010). Y, una vez más, la gente que reclama esto parecería no darse cuenta que– especialmente en los últimos años– consistentemente ha ganado la película más querida por el público. Ya sea la “independiente” Todo en Todas Partes al Mismo Tiempo (2022) o el blockbuster masivo Oppenheimer (2023). Esto no es una rareza, los premios Óscar reflejan una actualidad percibida y no una actualidad preventivamente retrospectiva. En otras palabras: toda esta gente parece no entender que ellos mismos forman parte del presente, y que en 20 años todos llorarán que nominaron a Los Pecadores (2025) y no a Mente Maestra (2025) o a la de Park Chan-Wook, o a la biopic de Godard, u Homo Argentum (2025), o la de Superman, o a lo que sea. A cualquier otra película que pueda o no ser recordada en 50 años.

Sin embargo, quizás sean– para todos aquellos que ocuparon su año viendo muchas películas de todo tipo y época (es decir, para los cinéfilos)– un buen balance. Una manera de pensar en el “cine popular de la actualidad”. O, por lo menos, saber que existe. 

A continuación, una nota de “opinión” en formato de ranking (de peor a mejor) de las 10 películas nominadas al más prestigioso premio de la noche (advierto ahora, lector, habrán spoilers y,  junto a ellos, pocas palabras agradables para la mayoría de los filmes):

10. Los Pecadores

Los Pecadores (2025) es por lejos la peor película de las 10. Quizás su mayor pecado sea tener aspiraciones de ser una película “de género”. De gangsters, de vampiros, del oeste…

Para salir de aquella ciudad que en su juventud supo tan bien encuadrar los paisajes rurales de Estados Unidos (en este caso no es un wéstern porque ocurre en Mississippi), Los Pecadores parece no tener la más remota idea de cómo encuadrar el campo. Quizás la regla n°1 debería ser: en un plano general, nunca se debe usar un lente tan angular que deforme todo el horizonte. 

De la “famosa escena” no quiero ni hablar. En una escena sobre el poder que tiene la música de unir muchas generaciones, uno esperaría que la música sea tolerable, que no sea disonante, que más allá de la vivada del anacrónismo traten de combinar los sonidos de las distintas épocas de tal forma que sea agradable para el oído.

Como si eso no fuera suficiente, la película no se ve bien. Se ve mal. Parecería que la película descubrió que si pones personajes de los 70s en una película que ocurre en los años 30, junto a un incendio abominablemente generado con computadoras y una voz en off que explica lo que está pasando en la escena, el público te permite salirte con uno de los planos secuencias más desprolijos y obvios de la corta historia del cine. No prestan atención a lo formal porque se distraen con los llaveros que bailan y suenan frente a sus ojos.

9. Frankenstein

Siempre que sale una de estas películas re-adaptando una obra fundamental del cine (pienso, ante todo, en Nosferatu (2024)) parecen tener una cierta arrogancia. Un deseo de traer “ideas contemporáneas” a estas obras “anticuadas”. Y, entonces, cuesta no ver a estas películas a través del lente de las anteriores, cuesta no compararlas con sus predecesoras (aunque también reconozco que, a diferencia de Nosferatu, Frankenstein (2025) está en diálogo no solo con la versión de Whale, sino que con la obra literaria de Shelley (y es quizás ochocientas veces mejor que la de Eggers)). 

A pesar de todo, yo tengo algo de cariño por Guillermo del Toro. Me parece que La Forma del Agua (2017) es una película (para ser amable) exitosa en lo que quiere ser. Es la máxima expresión del monstruo como criatura marginal (junto a otros personajes socialmente desempoderados) que adquiere el poder de luchar contra las fuerzas hegemonizantes del fascismo. Entonces, La Forma del Agua funciona. Y quizás funcione porque no se llama “El Monstruo de la Laguna Negra”. No pretende ocupar el mismo lugar que esa película.

Ahora, que ya hizo la historia del monstruo que resulta ser bueno y “raramente atractivo” muchas muchas veces, su adaptación de Frankenstein en la que La Criatura (que ya no se ve tan inhumana como la criatura de La Forma del Agua, de cierto modo haciéndolo hegemónico en comparación a las criaturas de los filmes pasados ¿habrán ganado las famosas fuerzas hegemonizantes?) termina siendo buena y perdonando al arrogante Victor Frankenstein, queda un poco barata, y resulta ser infinitamente menos efectiva que una película de la década del 30.

Lo ilustro a través del símbolo eterno de creación derrotando a su creador: El Monstruo, alto e imponente, interpretado por el inigualable Karloff, derrota a Victor Frankenstein en combate a mano, en una montaña rocosa, una noche de tormenta, contado en casi un solo plano. Una imagen inolvidable.

En la de Del Toro, el doctor viene persiguiendo a su creación por meses para matarla, compra dinamita con la intención de al fin matar a La Criatura que mató a su hermano. La Criatura luego secuestra a Victor en su carpa y lo arrastra unos metros hacia la nieve. Victor responde a esto prendiendo su dinamita, y Elordi le dice algo como “más vale que esto me mate”, y luego, con una sonrisa adecuadamente Tiktokera para el rostro del actor que la porta, dice “corre”. Finalmente, explota y no muere.

Más allá de que sea más maximalista que interesante en comparación con la escena de 1931, el otro gran problema con esta escena es uno que plaga toda esta reinterpretación: lo profundamente artificial que se ve. Forma parte de una tendencia nueva (o ya no tan nueva) de “no usar trípode”. Un nuevo cine en el que la cámara nunca para de volar, y en el que todo está en foco y deformado por la insistencia de usar lentes angulares. Un cine que parecería querer alejarse de la noción del plano a toda costa. Una tendencia de la cual nosotros deberíamos alejarnos a toda costa.

8. Bugonia

Bugonía. En griego algo parecido a “nacido de buey”. Según el mito de Bugonía, las abejas nacen del cadáver de un toro sacrificado. En otras palabras: si entendiste el título entendiste la película. Entendiste que en lugar de un buey los que deben morir son los humanos, para que los gatitos y los perritos y las abejitas puedan usar este mundo que “les” quitamos con nuestras fábricas y nuestros botes y nuestras empresas farmacéuticas. Porque a pesar de las incesantes pretensiones de la película con su actriz calva, sus sets de aliens, su policía acosador, sus escenas de tortura y su Vistavision (al parecer una de las nuevas marcas del prestigio en Hollywood), es simplemente una película de mensaje. Una película cuya idea central se ve en su título y su final. Una película que alude a la política a través de referencias que nos remiten a algo controversial pero nunca se hace cargo de nada. Ni de los hombres violentos conspiranoicos, ni del big pharma, ni de nada. De hecho: peor que nada. Resulta que la película le da la razón al hombre violento secuestrador y resulta que ¡sí! ¡Efectivamente los aliens controlan el mundo! ¡Los CEOs de las grandes empresas al final eran solo eso! ¡Aliens! Ün más: solo nos quieren ayudar ¡Los reyes del mundo capitalista solo nos querían ayudar! ¡Y no los dejamos! ¡Mirá qué triste está Emma de tener que matarnos a todos!

7. Valor Sentimental

Divaga de una escena de un personaje triste a otra, ignorando todo lo interesante que lleva su premisa. Inexplicablemente la película se centra en la filmación de otra película. Una película de la que nunca sabemos nada, solo que el mujeriego (y mal padre) del director quiere que la protagonice su hija mayor, que quiere que se filme en la casa en la que su madre se suicidó, que también quiere que se estrene en salas de cine, y que la produce Netflix. 

Cerca del final de la película el director abandona la idea de hacer la película en la casa en la que creció. A su casa le quita toda la vida y la convierte en una casa horrible y moderna, despojándola de toda su personalidad y las memorias que portaba. Ahora se puede vivir aquí. Ahora puede estar bien con sus hijas. Ahora se filmará en un set rodeado de pantallas azules y se verá en la TV. Ahora que la casa no tiene valor sentimental para nadie, ahora que la película extremadamente personal no tiene más sentido, el director puede hacer su película. Puede hacer su película y estar bien con sus hijas. La victoria de lo individual por sobre lo artístico. Muy triste.

6. F1

Ya sé cómo es el mundo en el que vivimos. Entiendo que el cine llegó a ser tan caro que para que siquiera existan los blockbusters es necesario que sirvan el interés de alguien o algo –o en otras palabras: que sean propaganda. F1 (2025) salió dos veces más que el costo anual de un equipo de Formula 1 real. Entonces, ok. Lo acepto. Es del director de Top Gun: Maverick (2022). Obviamente va a ser propaganda. La idea conservadora del viejo maestro que regresa y hace pelota a todos. Aburridísima. Película diseñada para el tipo de cinéfilo más aburrido. Una película acerca de “lo que le pasa a los personajes” (como diría Llinás sobre las películas de Spielberg). El deporte, el amor, la vejez, etcétera.

Sin embargo, el mayor pecado de F1 es que ni siquiera se ve particularmente bien. Ante todo por la ridícula decisión de filmar carreras reales y ponerles por encima los autos y rostros de la ficción. Quizás lograron que se vea como una carrera de Formula 1, o como un videojuego de Formula 1, pero ninguna de esas dos cosas son cine. Les pido mejor propaganda que esto. Sin cámaras a control remoto. Que las explosiones vuelvan a ser monumentales, que vuelvan a ser reales porque son reales. Les pido volver al tiempo de Rambo II (1985). 

5. Hamnet

Me parece tierna la idea en el centro de este filme: la catarsis a través del arte. Llegar a tener un cierre donde antes no lo hubo, poder cerrar ciclos para otras personas. Es un poco meloso y se hizo ciento cincuenta veces, pero es una idea simpática. El problema es que Hamnet (2025) usa la piel de una película “sobre el amor y la pérdida”, que se enfoca más en Agnés que en su célebre marido, pero resulta ser poco más que un filme sobre un hombre que no está cuando muere su hijo y que se termina redimiendo. Para ser casi toda primeros planos (de la calidad de estos planos mejor no diré nada, no vaya a ser que me pase lo que le pasó a Roger Koza (con el agregado de que también yo no soy ningún Koza)) de Jesse Buckley llorando de quince maneras distintas, la película a fin de cuentas parece ser más sobre una mujer que perdona a un hombre, y no sobre una pérdida real. 

Es linda la iluminación natural. Es admirable, supongo. Confieso que no tolero este tipo de películas.

4. Sueños de Trenes

La primera de estas películas que me digno a llamar buena. O por lo menos no mala. Por un lado hay una película pretenciosa y psicológica sobre un hombre que pierde a su familia, que sueña con trenes y con fuego y con árboles y con los últimos momentos de su mujer casi como si fuera una visión; que pasa mucho tiempo pensando tras la muerte de su familia, que alucina con un hombre asiático que quizás muy irritantemente represente la violencia, que escucha a su hija muerta hasta que un día aparece e inmediatamente desaparece y por lo tanto no sabemos si es una alucinación o no y etcétera etcétera etcétera… y por el otro hay una película muy interesante y algo hermosa que habita el fin del Siglo XIX y el comienzo del Siglo XX, que muestra la labor manual, la conquista del terreno y la unión de un país a través de la construcción de las vías de tren, que piensa en la evolución del trabajo y la manera en la que afectó a los trabajadores a través del siglo. Confieso también mi prejuicio por el momento y lugar que habita Sueños de Trenes (2025). El comienzo del siglo pasado en la frontera estadounidense es para mí un momento y un lugar profundamente interesante, acogedor y hasta carismático por más mal que quede ese bosque filmado con una cámara en mano, o por más feos que sean esos saltos en montaje en el plano fijo en el que ven la casa, porque por momentos vemos a estos hombres talar un árbol, y vemos a ese árbol caer en el medio de un bosque poblado por otros miles de árboles. Para mí fue impresionante descubrir que casi toda la película transcurre en un espacio construido y no en la naturaleza. No hay –como en un film de, por ejemplo, Ford– un elemento “documental”. Ese espacio existió únicamente para la película y luego fue destruido. Se plantaron árboles falsos, se construyó una cabaña, se pensó en relación a la posición del sol a través del día por las necesidad que tendrían para iluminar cada escena, se incendió esa misma cabaña, se puso una piedra en un lugar y no en otro, se construyeron trenes y puentes que se encargaron de darle más textura a este mundo que rápidamente desaparece. Y en ese sentido es una película muy bien lograda, hay un impecable diseño de producción que es por momentos opacado por la decisión absurda de filmarlo (y parafraseo a la diseñadora de producción Alexandra Schaller entrevistada por Matthew Koss para la publicación “Awards Focus”) en el estilo de un documental observacional. Al parecer la cabaña tan meticulosamente diseñada, construida de árbol a cabaña únicamente para esta película es como es para prestarse mejor al supuesto estilo de documental observacional que tan mal se ve y que casi arruina la película, que arruina el modo en que se encuadra ese bosque, esa cabaña, y ese mundo que tanta simpatía me genera. 

Es lamentable, también, el modo en que desperdicia sus situaciones atrapantes y curiosas: tras la muerte de su mujer e hija a causa de un incendio y unos meses de luto, Granier intenta reconstruir su vida cosechando y vendiendole a los canadienses un hongo que crece únicamente en terrenos incendiados; conoce a un perro y sus cachorros; vive momentáneamente en una carpa; construye lentamente su antigua casa. Una secuencia con increíble potencial –podría durar 40 minutos y seguir siendo interesante– desperdiciada por culpa de una voz en off que eclipsa todo lo interesante– todo lo que se podría desarrollar lentamente entre el hombre y el bosque –para contarnos sobre cómo se siente el protagonista, para contarnos que murió solo y que le gustaba volar en avión y para contarnos en qué anda pensando.

3. Marty Supremo

Un problema que plaga las películas de hoy es que parecerían no saber cuánto tiene que durar cada cosa. Las dos escenas de ping pong que hay en Marty Supremo (2025) son fantásticas, pero no se les permite durar lo que tienen que durar. Para mí son los dos momentos de más alta tensión del filme, pero parece estar más interesado en los momentos más efectistas con planos muy cerrados, bañeras que se caen, personajes que gritan y qué sé yo. Eso puede estar también, eso está bastante bueno, hay una muy marcada evolución desde Good Time (2017) a Diamantes en Bruto (2019) y ahora Marty Supreme. Benny Safdie (a diferencia de su hermano) ha aprendido a hacer muy buenas películas de personajes que tienen una muy mala semana. Sin embargo, quedará por ver si aprende que las películas pueden durar más de dos horas y media ¡especialmente si se justifica con ping pong muy bien filmado!

2. Una Batalla tras Otra

A veces es difícil escribir bien sobre películas, quizás porque las películas buenas utilizan el material cinematográfico y no el lenguaje de las palabras. Un paisaje de John Ford es fantástico porque está simplemente bien filmado. Por eso es que simplemente diré que Una Batalla tras Otra (2025) (salvando las distancias con Ford) es una película espectacularmente dirigida. Anderson tiene un prodigioso manejo del espacio. Nada puedo decir yo para comunicar lo que pueda decir la película novecientas veces mejor con un solo plano. Al menos no puedo sin que esta nota se convierta en una descripción eterna y aburrida sobre lo que compone a un plano, así que diré que Anderson supo utilizar muy bien sus cien millones de dólares para hacer una de sus peores películas que es, a su vez, bastante espectacular. 

1. El Agente Secreto

El Agente Secreto (2025) es una película bastante buena, fantástica incluso, ante todo muy audaz, y no solo para ser una película oficialista sobre la dictadura nominada al Óscar. 

Cerca de la mitad de la película, Armando está en la sala de cine en la que su padre es proyeccionista viendo el trailer de una película de Jean-Paul Belmondo: Le Magnifique (1973)

Le Magnifique es una película fantástica. Comienza como un spoof de las películas de agentes secretos de los 60s y 70s (piense en Bond) por como veinte minutos. En un principio puede ser algo irritante, como esas películas de los hermanos Wayans, en las que el humor viene de llamar la atención a lo ridículas que son las películas que parodian armando situaciones similares pero un poco más absurdas. Le Magnifique sostiene un ritmo muy constante por los primeros veinticinco minutos: autos caros, peleas absurdas con raquetas de pádel, mujeres hermosas y el hombre bello más feo que jamás vivió vestido de manera extravagante. El tono que lleva se rompe rápidamente cuando en medio  de un tiroteo aparece una mujer aspirando en la playa. Lo que parece ser otro chiste del spoof (“¡Que absurdo! ¡Una mujer que aspira arena!”) resulta ser la ficción brevemente desarmandose. La mujer aspirando es la empleada del verdadero Belmondo, pues Belmondo no es en verdad el super espía Bob St. Clair, sino que es el miserable escritor de novelas pulp François Merlin que escribe para poder plasmar sus fantasías en el papel. Luego la película parece preferir una de las películas por sobre la otra, pero eso ya no va al punto.

El Agente Secreto hace algo bastante parecido. Es una película que dura casi tres horas, y por una gran parte de la duración no sabemos bien qué exactamente está pasando. Como Le Magnifique, el filme utiliza el género para hacernos creer que el personaje de Moura es un agente secreto, escondido o viajando para alguna misión. Viaja en su escarabajo amarillo y actúa con carisma y tranquilidad ante las autoridades. El giro de la película termina siendo que Moura era solo un exprofesor, ocurre con más de una hora de película pasada y no es realmente un giro, en parte porque nunca se lo construye como giro (el filme es lo suficientemente sutil, paciente y poco expositiva por una gran parte9, y en otra parte porque nunca se dijo lo contrario. Es un giro que utiliza un título, las ideas del género de espías, y ante todo una confianza en el espectador para desenredar una película muy lentamente.



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