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Antinovedad de Eterna Cadencia: Lo infraordinario de Perec | Por JMR


17/06/2026

Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq

La industria editorial tiene un problema. Publica libros con la esperanza de que permanezcan, pero los promociona como cualquier otra mercancía con fecha de vencimiento. Los suplementos culturales anuncian lanzamientos. Las redes sociales muestran adquisiciones recientes. Las librerías reorganizan sus mesas de entrada para hacer lugar a lo que acaba de aparecer. Y así, los reflectores dejan de alumbrar lo publicado hace apenas seis meses. ¡Corta vida al libro!.

Por eso es que la iniciativa de antinovedades lanzada por Eterna Cadencia resulta interesante. La propuesta consiste en volver sobre obras que ya forman parte de su fondo editorial para preguntarse por su valor artístico. Es una estrategia de catálogo, sí, pero también es la determinación de defender el propio criterio editorial, es decir, su propia visión de la literatura. Entre los títulos elegidos aparecen Autorretrato, de Édouard Levé, Space Invaders, de Nona Fernández, y Lo infraordinario, de Georges Perec.

Parece una obviedad, pero bajo el infantilismo de ciertos marcos teóricos que estudian la cultura, donde todo posee el mismo valor, finalmente nada significa nada. Y en universidades, talleres, clubes de lectura, ferias y presentaciones de libros, se ha vuelto habitual encontrar lectores informados sobre las novedades del momento y, al mismo tiempo, escasamente familiarizados con obras fundamentales del siglo pasado —ni para qué decir de siglos anteriores, Dios quiera que nunca nadie se tope con Flaubert o Sófocles.

Así que a propósito del siglo XX: Lo infraordinario de Georges Perec.

Publicada en 1989, la obra puede entenderse, en primer lugar, como un procedimiento estético basado en un viraje de la atención. La edición reúne ocho propuestas estéticas compiladas postumamente. En “¿Acercamientos a qué?”, su texto más programático, formula su célebre invitación a interrogar lo habitual, los objetos corrientes, las cucharas, las calles y los hábitos cotidianos. Es el texto donde define la noción de lo infraordinario. En La rue Vilin Perec registra la transformación y destrucción progresiva de la calle donde pasó la primera parte de su infancia en París junto a sus padres y antes de marchar con su tía paterna para arrancar del avance de los nazis sobre: «En el 24 (la casa donde yo vivía): Primero, un edificio de un piso, con una puerta que da a un gran patio adoquinado con algunos desniveles (escaleras de dos o tres escalones).. A la derecha, un gran edificio de un piso (que antaño, por la puerta clausurada de la peluquería, daba a la calle) con una escalera doble de hormigón (era en ese edificio donde vivíamos; la peluquería era la de mi madre)».

Aquí Perec escribe edificios, comercios, fachadas y terrenos baldíos a lo largo de varios años (comienza en febrero de 1969 y el registro acaba en septiembre de 1975). No hay acción narrativa obviamente, pero la lectura exige supuestos históricos de la rue Vilin y sobre todo exige una lectura atenta y especulativa sobre la reconstrucción de la biografía propia del autor. Lo que está describiendo es la calle donde sus padres judíos y de origen polaco vivieron; desde donde su padre marchó hacia las trincheras de la Segunda Guerra Mundial; y donde se despidió de su madre que luego acabaría asesinada en Auschwitz.

En Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos explora el género de las postales. En un ejercicio oulipiano crea fórmulas vacacionales estereotipadas. El ejercicio está dedicado a Ítalo Calvino. En Alrededor de Beaubourg (Centro Pompidou) formula una conclusión extensible a todos los paseos del libro: “Todas las calles de este barrio tienen una historia, no son otra cosa que historia”. Y de alguna forma es una afirmación que extiende al conjunto de sus paseos , incluyendo el apartado Paseo en Londres, cuyo encanto para el mismo autor “no es fácil de definir” y donde cita el criterio de paseo de Stendhal.

Su conocido interés sociológico se despliega en El Santo de los Santos, donde analiza despachos y oficinas de directivos, empresarios y figuras de autoridad. Y en la penúltima parte Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí durante el año 1974, Perec hace literalmente una lista de todo lo que recuerda haber comido y bebido durante un año. Puede ser ciertamente cómico, pero también es un apartado que deja filtrar el interés del autor por la antropología y los primeros acercamientos de la disciplina hacia la cultura a través del estudio de la comida.

Finalmente, en Still Life / Style Leaf Perec realiza una descripción extremadamente minuciosa de su mesa de trabajo y de los objetos que la ocupan. La escritura se acerca casi a una naturaleza muerta literaria. Son muy sensibles las descripciones de objetos y lo notable es que esa observación nunca es completamente neutra. Hay marcas de una época, una clase social, y una biografía. Una suerte de bodegón de escritor.

Los procedimientos están atravesados por la pulsión de convertir lo aparentemente insignificante en materia literaria. Perec logra que lo que parecía doméstico aparezca lleno de vida acumulada, de tiempo acumulado. Una razón para el por qué tal cosa en tal lado y de tal forma.

En el ejercicio de descripción hay una necesidad de aprehensión velada. Lo infraordinario no trata exactamente sobre duelos, pero sí puede advertirse una necesidad de documentación, de registro de lo que se tiene (y lo que ya no).

Perec como antinovedad es un Perec que dirige su atención precisamente hacia aquello que no cambia con rapidez, y que por tanto habilita, sin querer, una pregunta o una práctica contra la alienación.

Queda hecha, de esa forma, la invitación de Perec a escribir el inventario de la vida propia.



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