27/05/2026
Lo que Trajo la Tormenta
Gaspar Homps
@gasparhompsoficial
Dirección: Miguel de Zuviría. Guion: Miguel De Zuviría, Tomás Guiñazú. Elenco: Jesús Catalino, Ivan Moschner, Irune Porcel, Carolina Saade. Fotografía: Gaspar Chaves Seijas. Dirección de arte: Maria Luisa Gomes Hoyos. Montaje: Ignacio Codino. Vestuario: Sofía Davies. Música: Gabriel Chwojnik. Sonido: Gabriel Real. Funciones: Jueves 28 de mayo, sábado 13 de junio y viernes 26 de junio a las 20 horas en Arthaus Central (Mitre 434, CABA). Entradas: Por Alternativa Teatral.
Lo que trajo la tormenta es una película que está constantemente abriéndose, que propone muchas cosas y no las deja de proponer –incluso antes de su gran apuesta a la mitad– pero también es una película que se conoce absolutamente, que sabe cuándo tener qué tono, y qué sabe exactamente el tamaño de la historia. Comienza como una película de comedia, febrilmente enamorada. A través de sus dos ejes principales (el de la reciente ruptura de Manuel y el de sus ambientadores) plantea un posible camino que podría tomar la película: extensas secuencias de montaje. Montajes graciosos y enamorados. La escena de la presentación del proyecto, por ejemplo, que plantea la idea de contraste entre un paisaje sonoro y un ambiente (una idea que, misteriosamente, Manuel parecería no haber considerado como evidente centro de su proyecto, pero que el dueño de la fundación rápidamente comprende) y nos presenta la idea de los ambientadores con una eficacia infinitamente mayor a la de Manuel (con su ciertamente bonita pero algo infantil maqueta), pero que también está planteada firmemente como una escena de comedia, en la que el protagonista queda en ridículo con su idea que no termina de tener clara, y que tampoco terminó de pensar del todo.
O la secuencia en la que Manuel recuenta su relación cenando con un amigo –la más enamorada y más sexual de la película– que (pensando que aquella primera escena plantea el proyecto de Manuel) presenta el proyecto de Camila. Cargada de un cierto goce visual –acompañado de la hermosa música de Chwojnik– en los dibujos de Camila y su subsecuente recreación en el plano.
Y, especialmente, la escena más interesante de la película: el falso vídeo ASMR que escucha Manuel junto a una copa de vino. Una escena que involucra a un personaje escuchando algo que no puede ver pero que a nosotros se nos muestra a través de algo más parecido a una puesta en escena, en la que Camila mira a cámara como si fuera efectivamente un vídeo de ASMR e interactúa con el mismo micrófono que aparece en plano, generando diversos sonidos que se van apilando uno encima del otro, construyendo una cacofonía que difiere a la que escucha el personaje, y que causa que la imagen se funda en sí misma también (en una serie de hermosos fundidos, de los mejores de la historia del cine).

Esa era una de las opciones. Una película de hermosos montajes. Luego, en la costa, se plantea otra posible forma que puede llegar a tomar la película, una más silenciosa, más sobria y contemplativa: la de la realización de un proyecto. Vemos y escuchamos a Manuel grabar sus sonidos– los pasos en las hojas, el viento, las olas, y los distintos personajes coloridos del pueblo costero como el Papa Noel tembloroso y endeudado, interpretado por Luis Pétriz–, mientras piensa y discute los problemas de su relación con Camila, con su proyecto y con su vida. Esa era otra opción.

Finalmente, a la mitad de la película, hay un giro tonal casi absoluto que termina de abrir la película por completo. Pasa de ser una película romántica en clave de comedia, llena de proyectos artísticos y montajes acerca de esos proyectos artísticos, y se convierte en una comedia con un gran elemento fantástico y un tono siniestro que la cubre. Confieso que a la mitad de la película, cuando aparece el döppelganger, sentí una brevísima decepción. Por un lado porque la primera parte me venía encantando, y por otro porque me pareció que se estaba repentinamente cargando de trama, cosa que venía generalmente evitando hasta ese momento. Por suerte el film muy rápidamente da a entender que no le interesa que Manuel busque a su döppelganger, que enfrente a su impostor hot y recupere su vida, sino que tiene intereses mucho más simpáticos. Le interesa la comedia del Manuel hot, determinado a terminar su proyecto de los ambientadores a toda costa, cediendo ante los deseos de la fundación pero sin tener del todo claro qué forma debería tomar. Le interesa el misterio imposible –de un hombre sin memoria que parece tener un gemelo y idéntico, una obsesión con los faros, un pasado inaccesible y recuerdos que no debería tener de experiencias que no está teniendo– al que se debe enfrentar el grupo absurdo y colorido de personajes costeros –que por momentos se asemeja a los momentos más brillantes de Los Pájaros de Alfred Hitchcock en los que los pueblerinos (entre ellos una ornitóloga) se ponen a discutir el misterio que apareció repentinamente en su pueblo.
Pero, también, luego de estos momentos gozosos –y al mismo tiempo en que Manuel termina de entender la forma y la escala que deberá tener su obra– sabe cuándo irse al faro y volver a cerrarse, pero no del todo.
Reitero lo de los fundidos, de los mejores de la historia del cine.