17/08/2026
Fragmento de la novela “Maratonista ciego”, de Emilio García Wehbi, publicada por Ediciones Documenta en 2021
En mi país el teatro es un arte repugnante. Mejor dicho, no es el teatro el problema, si no las personas que lo constituyen. La mediocridad es la norma, el narcisismo reina, el iletrismo pulula y la hipocresía es ley. La corrección política raya con la estupidez, la creatividad sólo ronda el lugar común, los montajes escénicos se regodean en su propio miserabilismo inspirativo, los discursos son clasemedieros y conservadores pero ataviados con el disfraz de la barricada (con multiculturalismo o feminismo de cotillón como temas insignes), el imaginario común es casi el de un oligofrénico y la finalidad última es el aplauso rastrero. Las ideas son unívocas y si se presentan como metáforas, estas dan más ganas de llorar a los gritos que otra cosa. El pensamiento abstracto es un bien escaso y la palabra sólo se usa para significar su primera acepción. Hay carencia de otredad y la empatía no es real, sólo un castillo de naipes, pura cháchara. El oportunismo está a la vuelta de la esquina. Los «teatreros», como gustan autodenominarse, son paternalistas y pedagógicos con su público, diciendo lo que este quiera escuchar y haciéndolo sentir lo que este quiere sentir, reforzando su pasividad. Administran un tipo de teatro de supermercado, con «satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero, ya que el cliente (el público) siempre tiene la razón». Todo es mecánico, sin riesgo, sin misterio. Son eximios productores de la fealdad del alma. No hay nada más patético que una tertulia de gente de teatro. Es el paso previo al suicidio. Las conversaciones deprimen hasta casi producir hemorragia cerebral. Las falsas solidaridades tienen por única finalidad la autocelebración y la endogamia consecuencia de ella busca consolidar una paupérrima corporación a la que gustan llamar «comunidad», pero que en realidad lo único que tienen de común es el lugar común. En nuestro teatro las cloacas están abiertas y los hombres respiran el hedor como un perfume, como escribe Stefan Sweig.
