18/06/2026
De Roger Bernat & Yan Duyvendak
Clara VicentÃn Schulze
@claravicentinsch
A partir de hoy se dictamina que no es necesario tomar la lÃnea D del subte hasta Tribunales para presenciar o participar de un auténtico juicio efectuado por profesionales de la ley y del crimen. En el Teatro Regio, sobre Avenida Córdoba llegando a Dorrego, podemos toparnos con esta misma escena. Una jueza, una fiscal, un abogado defensor, un presunto criminal, varios testigos. Es esta la escena que nos propone Hamlet, continúe.
Las butacas, de repente, se convierten en asientos de jurado, y los espectadores, en minuciosos árbitros de «la verdad». Con todas las formalidades de la ley como herramienta, los participantes (nótese el no haberlos clasificado como «actorxs») asestan todo el peso de la ley sobre un caso tan públicamente conocido como el del personaje shakespeariano Hamlet. El resultado es una experiencia genuinamente disfrutable: hay tensión, hay humor, hay momentos en que el público se inclina hacia adelante sin darse cuenta.
La obra mezcla profesionales de la ley con profesionales de la actuación y genera algo que cuesta nombrar con las categorÃas habituales del teatro. La cámara —único recurso que podrÃa llamarse «teatral» con cierta comodidad— cumple una doble función: acerca la imagen al público y dramatiza los gestos, los rasgos, las microexpresiones de quienes están bajo interrogatorio. Con eso, poco y sencillo, se hace mucho.
Salgo del Regio pensando en la performatividad de los roles que interpretamos todos los dÃas. El abogado con su traje, no es casual que esta palabra pueda ser sinónimo de disfraz; los jueces con sus túnicas, ni que hablar de los uniformes de cualquier tipo. Todos nos levantamos y nos preparamos para performar estos personajes que creamos para cada ámbito en que dividimos nuestra vida: trabajo, recreación, estudio, etcéteras. Por eso el perito me convenció de su lectura del cuerpo, y el psiquiatra de su diagnóstico clÃnico: son roles practicados e incorporados hasta la perfección, interpretados para un público que es extranjero al campo legal. Público, palabra que resulta indistinta para el entorno de un teatro y el de un juzgado.
La obra de Bernat y Duyvendak propone algo más que un experimento formal: nos hace partÃcipes de un jurado y, con eso, nos recuerda que la democracia participativa no es un concepto abstracto sino una práctica que requiere cuerpo presente, atención y decisión; y con la cual, muy a menudo, nos podemos encontrar en desacuerdo. La pieza pulula alrededor de la cuestión de la verdad como algo transigente y constantemente mutable: cada función tiene un tinte y un resultado diferente, aún cuando parte de las mismas evidencias supuestamente objetivas. ¿Puede existir objetividad en hechos que son leÃdos por sujetos distintos una y otra vez?
Con todo esto, Hamlet, continúe deja un sabor extraño y estimulante en la boca. ¿Cuáles son los confines del teatro? ¿De la actuación? ¿De la ficción? ¿De lo impostado? ¿Y de la verdad?