07/06/2026
Un artista tan grande como el Indio Solari moviliza, más que recuerdos, experiencias de vida. En estas horas, muchos citan la música de los Redondos como la banda sonora de su adolescencia y cosas por el estilo. En mi caso, tengo que decir que los Redondos forman parte de los cimientos de mi persona. Tuvieron una influencia enorme en mà en un momento trascendentalde la vida de uno, cuando dejaba de ser un niño y entraba en la adolescencia. Mucho del universo que todavÃa me habita se nutrió de las imágenes, las palabras y la música de Patricio Rey.
«Mis» Redondos perfectos son los de los tres primeros discos. La ironÃa new wave que irradia Gulp!, la reverberancia oscura de Oktubre, la crudeza de Un baión para el ojo idiota, conforman una trÃada imbatible en mi opinión. Esos primeros álbumes se complementaban, además, con unos ´inéditos´ -asà se les decÃa, ´los inéditos´- que era una maravilla. Algunos los grabaron años después en versiones gloriosas -«Rock para el negro Atila», «Mariposa Pontiac», «Blues de la libertad», por ejemplo-, pero otros quedarán para siempre en registros marginales -como «Mi genio amor», «De estos polvos futuros lodos», la increÃble «El regreso de Mao»-. A aquellos álbumes les siguieron otros grandes discos también, seguro, pero ya no me conmoverÃan con la misma intensidad. Todos contienen grandes, grandÃsimos momentos, pero les encuentro redundacias, menos brillo, menos composición. Me parece lógico que el Indio considerara Momo sampler como el mayor hito discográfico de los Redondos, porque en parte es un anticipo del concepto que él desarrollarÃa en su carrera solista, con mayor protagonismo de la edición, de las máquinas y del estudio de grabación como instrumento. En esa música -que tiene un nivel altÃsimo y momentos realmente estupendos-, sin embargo, ya no habrÃa lugar para solos como los que construÃa Skay. «Mis» Redondos eran un conjunto orgánico, donde la poesÃa del Indio y su particular estilo vocal competÃa con las escalas balcánicas que Skay habÃa traÃdo al rocanrol. Además, el disfrute exquisito: los Redondos se comunicaban como un rumor, no iban a la tele, daban pocas entrevistas y además, generalmente, a los mismos periodistas amigos. A mis compañeros de los últimos años de la escuela primaria les parecÃan un OVNI. A mà también, pero por eso me despertaban fascinación. Solari se nutrÃa de muchisimas vertientes artÃsticas y habÃa que estar despierto para pescarlas, no era sólo mover la patita.

Los Redondos fueron una banda que se vaporizó porque ya no cabÃa en ningún lado. Si se hubieran vuelto a reunir, como les estuvo rogando su público durante los últimos 25 años, creo que no hay en este paÃs espacio libre ni infraestructura suficiente -me refiero a ambas condiciones juntas- para albergar tanta gente. Pienso en esos recitales gratuitos que se hacen en Rio de Janeiro, esos que inauguraron los Rolling Stones reuniendo a tres millones de personas en la playa de Copacabana. Tres millones de personas es el equivalente a toda la población de la Ciudad de Buenos Aires. No tengo duda de que los Redondos podÃan reunir una multitud semejante acá, en un show de regreso. Recuerdo cuando el público les cantaba que, habiendo copado Cemento y el Estadio Obras, el paso siguiente era el Monumental. Y lo hicieron. ¿Qué venÃa después? HabÃa que inventar nuevos lugares. Con la banda separada, su público no dejó de crecer, incluso a pesar de la caÃda de la tasa de natalidad: nacen más seguidores de los Redondos que personas por año. Con la muerte del Indio, los Redonditos de Ricota -un grupo que siempre cultivó el misterio- ingresan definitivamente en su etapa mÃtica.
Pude ver a los Redondos en vivo por primera vez en un momento bisagra, cuando hicieron sus primeros shows en el estadio cubierto de Obras Sanitarias. Ya no habÃa boliche donde cupieran y se resignaron a tocar en el ´templo del rock´, luego de haberlo desdeñado durante tantos años («Voy a bailar el rock del rico Luna Park…»).
Aquel primer show fue un infierno encantador, como dice el verso solariano. HabÃa gente que saltaba de la popular al piso y gente que se trepaba al techo. Uno improvisó una liana con una manguera contra incendios y sobrevolaba nuestras cabezas. La banda se comportó de diez. La vibración no se detuvo un segundo. Si el tema era rápido o lento, no importaba. Se cantaba y se bailaba con emoción.

Los volvà a ver varias veces, pero la experiencia, con altibajos, fue decayendo. Drenaba adrenalina pero ya no por la música sino por las corridas, la cana, la incertidumbre de cómo iba a terminar la noche. Hubo buenos shows en Huracán y otros en lugares muy inadecuados, como esa vez que tocaron abajo de una autopista o cuando presentaron La mosca y la sopa en el exPredio Municipal de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho. Lugares donde el audio y el espacio no congeniaban bajo ningún punto de vista. Cuando se convirtieron en número itinerante por el interior del paÃs, debo haber ido alguna vez, pero ya no me resultaba una experiencia atractiva. En Racing tuve mala suerte: en la función a la que fui, el sonido se cortaba y habÃa una espera de diez minutos entre tema y tema que se hacÃa eterna. A River caà el dÃa del ´loco del puñal´ y fue un garrón. Volvà a ver al Indio de nuevo arriba de un escenario en su primera presentación solista en el Estadio Único de La Plata, por fin ahà sà de nuevo en un show impecable.
Desde que se separaron, seguà al Indio y a Skay a la distancia, aunque siempre atento a sus andanzas. La muerte del Indio me deja una sensación de vacÃo, como me ocurrió con Palo Pandolfo y como me ocurrirá algún dÃa con Charly GarcÃa. Son artistas tan grandes que uno los siente cercanos. No son sólo grandes discos y canciones sino una experiencia vital. No los escuchamos: nos hicieron.
La lÃrica del Indio, hermética como es, rezuma contra la especie de tecnofachos advenedizos que finalmente se apropiaron del mundo. Ahora que estamos en el futuro, ¿qué vendrá después? Pues la hora de ajustar cuentas con ellos. Si te conmueve, es un llamado a la acción.
