11/08/2026
Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq
Dramaturgia y dirección: Mia Miceli. Actúan: Ana Luz Camps, Melina Del Valle Villar, Miranda Di Lorenzo, Agustin Gagliardi, Mia Miceli. Vestuario: Paola Delgado. Escenografía: Ariel Vaccaro. Iluminación: Leandro Orellano. Edición de sonido: Luisina Girelli. Asistencia de dirección: Julia Zlotnik. Producción: Miranda DI Lorenzo, Agustin Gagliardi, Julia Zlotnik. Sala: Espacio Callejón (Humahuaca 3759, CABA). Funciones: Jueves a las 20:30 horas. Duración: 75 minutos. Entradas por Alternativa Teatral.
En El Guion, Robert McKee escribe “Los protagonistas tienen la capacidad de perseguir de forma convincente su objeto del deseo”. Esta es la base de construcción de cualquier arco dramático clásico: un protagonista, por determinadas motivaciones, desea algo y, valiéndose de las características de su voluntad, actúa en la prosecución de su objetivo enfrentándose a aquella fuerza que se le opone. Del choque de ambas fuerzas, es decir, del conflicto, surge, para bien o para mal, un derrotero y un desenlace, o sea, una síntesis. Por supuesto, esto es una reducción del esquema de McKee, que bien podría ser también, por semejanza, una reducción de el órexis y la praxis del esquema aristotélico en La Poética, o una reducción del conflicto de fuerzas éticas de la dialéctica hegeliana en Lecciones sobre estética.
¿Pero qué pasa si el o la protagonista no desea? ¿Se puede contar la historia de quien no tiene deseo?
¡Oh, cabezas locas de las religiosas!: París, 1789. Justine, una jovencísima novicia afable, devota y disciplinada está próxima a tomar los hábitos monásticos. Durante una charla con Hélène, su compañera de noviciado, surge la posibilidad de escribirle una carta al marqués de marqués de Croismare, interesado en desposar a la protagonista. Las intrigas familiares y la falta de una dote podrían ser buenas candidatas a fuerzas opositoras si Justine desease escribirle al marqués. Justine no hace nada. Ni la inundan las ganas de escribirle al marqués ni sostiene una gran convicción en tomar los hábitos.
¿Y el conflicto?
Miceli, entonces, comienza a construir y traccionar un conflicto laborioso desde los costados de la protagonista.


“Cuando escribía la obra pensaba: bueno, es una obra clásica; vamos a jugar con elementos clásicos. Me preguntaba: ¿qué quiere Justine? Le di muchas vueltas a eso hasta que apareció la idea de que el problema no es que desee otra cosa, sino que no desea. Esa incapacidad es, en realidad, el conflicto. Hay algo de ella que no hace avanzar la acción de la manera esperada, y todo se vuelve claramente desesperante”, dice Mía Miceli, autora, directora y actriz protagónica de la obra.
Para escribir ¡Oh, cabezas locas de las religiosas! Miceli se inspiró en el mundo y el lenguaje de la famosa novela de Denis Diderot La religiosa (1796). “La protagonista de la novela vive una paradoja: ella es la menos religiosa y, al mismo tiempo, la más religiosa, porque es la única auténticamente creyente. Justamente, por adherir realmente a esos preceptos, sabe que no debería estar ahí si no tiene vocación. Y algo de eso está bastante en el corazón de lo que le sucede a Justine en mi obra”. Y es efectivamente desesperante constatar que, pese a su desapasionado carácter, es la mejor de las novicias, la más devota: disfruta de rezar, le entretiene lavar los platos y le gusta cubrirse el pelo. “Así que tu estilo es la bondad”, le dice en algún momento Hélène.
Por su parte, el marqués en cuestión (Agustin Gagliardi), no es precisamente un príncipe azul. “El marqués de Croismare es un falso aristócrata, pero también es un romántico. No romántico en el sentido estético, sino un antirracionalista. Es el hombre que puede solucionar los problemas de algunas de estas chicas, pero porque es quien objetivamente tiene poder. Eso ya es bastante violento de por sí. Pero, al mismo tiempo, para mí era interesante que fuera realmente amoroso, genuino e inocente, en algún punto. Era importante no llevarlo a los lugares más previsibles”, explica Miceli.


Las palabras del deseo
La pretendida carta se escribe, aunque no de la manera en que esperaría el espectador. En ella, el deseo es nombrado y descrito. O mejor: el deseo es derramado. La carta se escribe un poco por contingencia y otro poco por ardid de las demás fuerzas en movimiento del mundo ficcional. Pero sin ningún lugar a discusión se transforma en el corazón lírico de la dramaturgia y la puesta en escena. En sus primeras líneas parece ser sólo un monólogo epistolar en tono cortesano y deferente, pero enseguida se vuelca hacia un léxico sustancioso que se desdobla en dos niveles discursivos. Uno, el del azoramiento existencial, y otro, el de la carnadura y el erotismo. A cargo de la actriz Miranda Di Lorenzo en el papel de Hélène, la enunciación de la carta se transforma en una interpretación dieciochesca que, aunque no es solemne, sí muy vehemente, como no podía ser de otra forma para esta actriz.

El contrapunto del deseo de afuera
Afuera, en el París de Luís XVI, el deseo corre por las calles. El pueblo, movido por las necesidades de la supervivencia, pero también por el desarrollo de su conciencia política, toma la Bastilla. La pieza de Miceli no es una obra histórica, pero sabe colocar los antecedentes de la Revolución Francesa como preocupaciones orgánicas y naturales de los diálogos: malas cosechas, presión impositiva, violencia, ideas republicanas e incluso vaticinios del bonapartismo: “Liderazgo mesiánico. Regresión. Nuevos liderazgos mesiánicos”, dice el personaje de Sor Agnès (Melina Del Valle Villar).
Aquí me tomo una licencia para hacer una disquisición sobre el punto de anclaje histórico de la obra de Miceli: la oposición adentro/afuera del mundo ficcional es primorosa. Adentro hay mujeres de extracción social noble con deseos encorsetados o retraídos. Mientras que afuera, las mujeres de Les Halles van a buscar a Luís XVI desde París a Versalles para que firme el Decreto del Precio del Trigo e, impacientes, regresan con los monarcas hasta la capital donde finalmente serán decapitados. De ahí la conocida frase “los hombres tomaron la Bastilla y las mujeres tomaron al rey” de Jules Michelet, entre otros registros de los cronistas de la época.


“Si podemos creer en las prédicas revolucionarias, pronto las mujeres estarán en igualdad de condiciones para ganar su propio pan”, dice Marion (Ana Luz Camps), otra de las novicias, y en este punto, podemos decir que es un parlamento escrito con malicia por parte de Miceli: La Declaración del Hombre y el Ciudadano dictado después por la triunfante burguesía serán exactamente eso: del hombre y del ciudadano varón.
Sobre el porvenir inmediato de las mujeres de los monasterios, Miceli dice: “Cuando uno realmente busca qué pasó con estas monjas aparecen muchos vacíos. La Revolución francesa tuvo muchos momentos. Cerraron los conventos, después los volvieron a abrir. Es difícil encontrar fuentes que den cuenta de eso desde un lugar más genuino o corrido del marco histórico tradicional. Las monjas eran un tema para la Revolución Francesa. Había muchas mujeres obligadas a tomar los hábitos y no querían hacerlo. Entonces hubo toda una movida para levantar la clausura y cerrar los conventos. Pero después la pregunta es: ¿qué les pasó a esas monjas? ¿A dónde fueron? Eso no me quedó tan claro durante la investigación”.
Y agrega: “Hubo monjas que fueron decapitadas durante la Revolución francesa porque se negaron a abandonar los conventos. Entonces me preguntaba qué había significado todo eso para ellas. Quizás para algunas fue una liberación; para otras, no. Tal vez vivían ahí de toda la vida. Podías tener el caso de Sor Juana, pero también el de una novicia que tenía que barrer. No deja de estar presente también la cuestión de clase”.
Sobre el porvenir lejano de las mujeres de clase burguesa, sabemos, eso sí, que se transformarán en las tatarabuelas de las enfurecidas sufragistas del siglo XIX, pero esa es otra historia.
Como sea, el candor de afuera también roza las paredes del monasterio de ¡Oh, cabezas locas de las religiosas!. Pero como se pregunta Hélène al mismo tiempo que piensa que lo de afuera es sólo una revueltilla popular: “¿Quién tiene la lucidez para vislumbrar la historia en el presente?”. Sobre la claridad que podrían llegar a tener los personajes sobre la envergadura de los acontecimientos del exterior del monasterio, dice Miceli: “Me interesaba justamente ese momento en el que todo está a punto de quebrarse y estallar y lo que sólo tenía lugar a puertas cerradas, dentro de un convento. Hay algo en la obra de querer imaginar la confusión”.
