22/09/2026
Por Giovanna Cirianni
@giovigeraldina
El programa de mano que me entregan en la boletería de Teatro El Grito contiene una doble referencia a Magritte. En primer plano, Los amantes. Parece que estas semanas los cruces entre artes escénicas y pintura surrealista tienen algo para decirme. En el reverso, bajo la ficha técnica, ambos actores se cubren la cara con macetas, inspirados por El hijo del hombre o quizá por La gran guerra, pieza menos icónica pero más alineada con el tema floral de la obra.
El tema recurrente en Magritte de las identidades elididas o veladas nos propone una clave para entender el vínculo entre estos personajes. Rita trabaja en una librería y la conocemos deprimida, reprochándose su descuido por las plantas y por sí misma. Jacinto tiene un vivero que le sirve de barrera contra el mundo. Su encuentro podría ser el símbolo de una época que se ha interpretado como líquida, sobredemandante o incluso arromántica. El supuesto fin del misterio y la avalancha de información nos expone, sin embargo, al misterio constante del otro. La conexión, el romance y el desamor siempre van a ser algo frontal y al mismo tiempo inenarrable.
A lo largo de un año, con las estaciones como telón de fondo, presenciamos a esta pareja buscar excusas para sentir y -quizá demasiado pronto- para pensar. Algunas de sus conversaciones y apartes me permiten entender el malentendido como una artesanía mental; me pregunto hasta qué punto se puede cavilar sobre el amor antes de convertirlo en una profecía autocumplida. El éxtasis del enamoramiento es del orden de lo sensible. Mientras veo a Rita y Jacinto entrar en la fiesta como metáfora impecable del acto sexual, pienso que Party de Troye Sivan, lanzada hace sólo un par de días, sería el soundtrack perfecto.




Luego viene la resaca en todas sus dimensiones. El texto nos sugiere que, en realidad, no hacen falta años de convivencia para atravesar “la guerra de los roces”. En la dinámica de consumirse mutuamente, una consecuencia posible es consumirse uno mismo. “Tengo ganas de intoxicarme”, dice Rita y sintetiza un momento, dentro de una dinámica vincular, dentro de una época, como una matrioshka en la que todos podemos vernos reflejados. Por su parte, Jacinto desliza una pregunta retórica: “¿Me lastimó más ella o mi miedo a que lo hiciera?”
Las cuatro estaciones orquestan, con su propio ciclo, la evolución de la relación. En su último encuentro vemos en qué medida los protagonistas ya están atravesados el uno por el otro, lo que se pone de manifiesto en un juego entre vestuario y paleta de colores: el fucsia de (la Santa) Rita y el verde de Jacinto y su vivero conviven en las prendas de ambos. Hay expectativas que no se cumplen, chistes que no aterrizan, referencias olvidadas o ignoradas, caminos que divergen y, sin embargo, la marca de todo amor siempre queda como una cicatriz.