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¿Qué demonios tiene que ver esto con Vietnam? | Por Javiera Miranda Riquelme


29/10/2026

Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq

Estoy en un típico cementerio chileno. Varias hectáreas, pasto tupido, caminos de arcilla, fuentes de agua, lápidas blancas en el suelo. Toda mi familia está rodeando un cajón blanco pequeño, uno de los varios abortos espontáneos de mi mamá, aunque con una salvedad: este bebé llegó bastante lejos en comparación a los otros: se desarrolló por cinco meses dentro de ella.

Yo tengo seis años y por la mano me sujeta mi abuela materna, una abuela a la que le gusta que la llame por su nombre. Yo preferiría estar tomada de la mano de la mamá de mi papá, a una abuela a la que llamo abuelita, una mujer mucho más anciana, más callada, más gorda y, por eso mismo, más blandita. Del otro lado tengo a la pareja de mi abuela, un tipo quince años menor que ella, un abuelastro al que por su juventud llamo tío.

Mi hermana menor de dos años, que como yo sí está viva, es cuidada por las hermanas de mi papá bajo el toldo que cubre la ceremonia. Yo estoy al sol, con un clavel blanco en la mano.

Un trabajador del cementerio da la señal para hacer descender el cajón bajo tierra. Cuando llega al fondo, mi mamá se lanza al hoyo como en un piquero. Mi papá y otros hombres (creo que unos guardias y alguno de sus hermanos), la sacan a la fuerza, y ella sale llorando agarrada a un peluche que hace instantes estaba sobre el cajón. Le secan las lágrimas, le dan agua, la sientan en una silla, mi papá la abraza. Mi mamá asienta con la cabeza como diciendo que ya está tranquila. Y en un descuido se vuelve a tirar.

Mi abuela mira a su hija desde la distancia. Me pregunta si esa noche quiero quedarme en su casa. Yo no contesto. Luego le dice a mi tío que esto es culpa de mi papá, que cómo mi mamá se le va a arrancar dos veces. Yo me pongo a llorar. No quiero que mi mamá se quede en el hoyo y que le echen tierra encima, pero también lloro de rabia. Nunca la vi llorar por mí, y de pronto, prefiere estar con el bebé muerto que con las dos hijas vivas que ya tiene. 

Mi abuela me dice que vayamos a dar un paseo por el cementerio. Mi tío me pregunta qué flores me gustan. Le digo que las amarillas. Entonces empieza a sacar las flores amarillas de las tumbas y me las regala.

Ya en el auto de mi abuela y mi tío, un momento antes de arrancar hacia su casa, ella dice que se siente agotada, que fue como despedir a un compañero en el Cementerio General. Que fue como despedir al Pablo Vergara asesinado por los milicos, que fue como despedir al Eduardo y al Rafael ejecutados por los pacos en dictadura. Mi tío confirma: fue lo mismo, el funeral del bebé fue como despedir a un compañero del MIR.

Yo escucho atenta.

***

Doce años después iba a ser mi abuela la que se tirara al hoyo por el que descendía el cajón fúnebre de una de sus hijas, la hermana más pequeña de mi mamá. En verdad mi mamá también se tiró, pero no lo hicieron al mismo tiempo, se fueron turnando.

Mientras ponían la reja que cubriría provisoriamente el hoyo, y donde posaron todos los arreglos de flores que llevaron los asistentes, mi abuela gritó: “¡Compañera Lissette…!” y los asistentes contestaron “¡…presente!”. De los seis hijos de mi abuela, la menor había sido justamente la que nunca se involucró en actividades políticas. Pero mi abuela gritó y los asistentes respondieron, aún cuando mi tía hubiese muerto por un accidente, o como mucho, por una negligencia de su marido, algo que pudo haberse procesado como abandono de persona seguido de muerte.

Ese día, cuando volvimos a casa, mi mamá tuvo un colapso nervioso. Pero en un momento dejó de llorar, me llamó a su habitación, cerró la puerta, puso pestillo, y me dijo que ella le había hecho una promesa a su hermana en caso de que esta muriera: cuidaría a mis primos y los criaría como si fuese su madre. Pero como el viudo de mi tía no lo iba a permitir, entonces iba a ir hasta la casa de mis primos, los iba a secuestrar, iba a tomar un bus hasta el sur de Chile y los iba a criar hasta que fueran mayores de edad. Mientras tanto, durante todos esos años, yo tendría que ser fuerte, todo lo fuerte que podía y debía ser una hermana mayor, y que ahora me correspondería criar a mis hermanos. Que no le dijera a nadie. Que esto lo hacía por la promesa, pero también por todos los muertos, tantos muertos, por el Rafa, por el Pablo y el Eduardo, todos los compañeros que tenían toda una vida por delante.

Le di dos cachetadas. Quizá una tercera no tan fuerte. Le dije que no iba a abandonar a sus hijos por secuestrar a sus sobrinos. Y se lo conté a mi papá.

Mis primos se criaron con su papá, lejos de nosotros, en otra ciudad.

***

Estoy con mi novio, en Buenos Aires, viendo El Gran Lebowski en la computadora. Es el final de la película. Walter (John Goodman), un veterano de Vietnam, está sobre un risco frente a la costa oeste de EEUU junto a su amigo Jeff Lebowski (Jeff Bridges). Su amigo Donny (Steve Buscemi) acaba de morir de un ataque al corazón afuera de un boliche, y creen que lanzar sus cenizas frente al Pácífico hubiese sido su última voluntad. Antes de lanzar las cenizas que han metido en un tarro rojo, el veterano de Vietnam da un breve discurso fúnebre: “Donny murió, como tantos jóvenes de su generación. Murió antes de tiempo. En tu sabiduría, Señor, te lo llevaste, como te llevaste a tantos jóvenes brillantes y prometedores en Khe Sanh, en Langdok, en la Colina 364”. Walter lanza las cenizas, pero el viento de la costa sopla hacia el continente y ambos quedan empolvados con los restos cremados de su amigo. Jeff, molesto, le reclama a Walter: “Maldita sea, Walter ¿Qué fue esa basura que dijiste sobre Vietnam? ¿Qué demonios tiene que ver esto con Vietnam?”. Walter lo consuela en un abrazo.

Me reí y después lloré una angustia vieja. Desde entonces, durante cualquier conversación con mi novio en la que alguno se vaya de tema, el otro le pregunta que qué demonios tiene que ver eso con Vietnam.

***

El sábado llega a Buenos Aires mi mamá. Estoy en medio de un alta psiquiátrica que parece que fracasó, y lo recomendable es que alguien me acompañe en casa durante las horas que mi novio no está.

Mi madre, pobre, al fin va poder meterse a un hoyo y encontrar ahí a un vivo.



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