teatro
Rodeos | Por Giovanna Cirianni


27/05/2026

Por Giovanna Cirianni
@giovigeraldina

Me gusta ir en blanco a las obras. A veces conozco a los artistas, o el espacio, pero diría que como efecto colateral del oficio. El sábado pasado fue mi primera vez en AZOTEA.ARS, último piso de una galería en el microcentro porteño. Elegí el modo crónica porque para mi, la experiencia comenzó desde el ascensor antiguo de reja, a través de la cual podía ver, no sin cierto vértigo, el techo acercándose. 

Rodeos es una obra que funciona en relación con tres paratextos. Uno, quizá protocolar, el ya clásico programa de mano rosa de Paraíso. El segundo, titulado Antesala de Agustina Muñoz, contextualiza esta obra de Ana Laura Lozza y Bárbara Hang y ofrece algunas claves de lectura para esta búsqueda coreográfica que se pregunta por las formas de existencia común, la responsabilidad colectiva y la interdependencia. Para ello, las artistas se valen no sólo de cuerpos en escena, sino de cuerpos en diálogo, objetos, música, silencio y procedimientos que se llevan adelante también por los espectadores, que en este caso deberíamos llamar de otro modo.

El texto de Muñoz nos informa que Rodeos convive con la intervención de Azar Raza, quien levantó pedazos del suelo dejando a la vista líneas de tierra que se utilizaba como aislante en los edificios antiguos de la ciudad. Dado que un elemento central de la obra de Paraíso es precisamente la tierra, este diálogo resulta estimulante desde el primer momento. Es una obra duracional; se compone de varias estaciones performáticas continuas que se suceden o coinciden, y de las cuales se puede ser participante y observador. Esta disposición, dice Muñoz, viene del encuentro entre artes performáticas y artes visuales, en las cuales se pueden permanecer el tiempo deseado en una galería o exposición, sin un orden o cronograma establecido.

Pude observar el desarrollo de varias acciones desde afuera y participar de una de principio a fin. Después de que nos dieran las premisas de esta última (en un solo movimiento, trasladar tierra de una de las montañas a alguna de las otras, hasta que una de las tres desapareciera), una mujer mayor pregunta con genuina curiosidad “¿Cuál es el sentido de esto?”. Efectivamente, encontramos el sentido en el proceso. La acción recurrente por turnos deja ver las posturas creativas, disruptivas o conservadoras; pequeñas disputas sin palabras entre aquellos que buscaban terminar la acción y quienes buscaban prolongarla; negociación entre priorizar formas o acciones. La repetición de un gesto simple permite conocer a desconocidos sin siquiera intercambiar palabras o miradas.

Hubo una premisa común a varias acciones, capaz de alterar la dinámica de un dúo o un grupo. Colaborar en el movimiento o a través de un objeto con los ojos cerrados, nos coloca inmediatamente en otra posición. Hay una vulnerabilidad profunda, nos apoyamos en el tacto y en el oído, estamos inevitablemente atentos al cuerpo del otro, tanto como al nuestro propio o más. No hay una negociación entre dos visiones, hay una construcción interdependiente de algo que no controlamos. 

Al salir de la sala, se nos ofrece la partitura de la obra, el tercer intertexto. Lo experimentado, observado y escuchado durante el tiempo que hayamos estado en AZOTEA.ARS, muestra su sistema. Todas las acciones pueden ser reinventadas, reflexión y experimentación no son posibilidades escindidas de la mente y el cuerpo, sino dos caras de un mismo proceso.



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