04/06/2026
La obra de Pato Penna en la que conviven el deseo, la melancolía y también Shakespeare
Por Javiera Miranda Riquelme
@javieramirandariq
Dirección y dramaturgia: Patricio Penna. Actúan: Martina Barragán, Santiago Giorgi De La Piedra, Eugenia Martínez, Gonzalo Peluso, Patricio Penna. Vestuario: María Gracia Garat, Lara Sobel. Música original: Serafín Klärich. Diseño De Iluminación: Ricardo Sica. Arte Gráfica: Serafín Klärich. Asistencia: Santiago Amanzi, Serafín Klärich. Funciones: Viernes a las 22:30 horas en Teatro El Grito (Costa Rica, 5459, CABA). Entradas: por Alternativa Teatral.
Es un gran día, dice el programa de Tara. Lucía y Federico se van a casar y hay un deseo depositado en el ritual mismo del matrimonio. En la primera escena ya la obra revela su poética cálida y también misteriosa. El texto cuenta con momentos de hiper sincronización, parlamentos corales con ecos vívidos, y varias referencias metaliterarias. Pero al mismo tiempo Tara es una obra muy física, especialmente en la representación de los equívocos vinculares: hay cuerpos que se llevan puestos a otros, hay saludos fallidos que llegan a destiempo, y hay pasiones y tactos que no deberían ser. No al menos en ese gran día.
La música, por su parte, es una fuerza que toma un cauce alegremente insospechado. La obra comienza con un saxofón en vivo que crea un aire nuevaorleanense, un saxofón que vaticina una ilusión tan frágil como la de un zoo de cristal. Y luego, así nomás, el clima sonoro va mutando hacia un ritmo impredecible: las baladas de las viejas bandas de rock. Tara se vuelve un festín.
Espero a Pato Penna, el director de la obra, luego de la función para entrevistarlo.

—¿Cómo surge la obra? ¿Nace de una idea preconcebida o comenzó a gestarse en algún taller o espacio de formación?
—Es una pregunta difícil porque siempre hay algo de misterio en el origen de dónde empiezan las cosas en general y sobre todo las artísticas. Yo había escrito varias obras antes de esta que quedaron en mi computadora y con tres de los actores (Euge, Santi y Martu) habíamos trabajado en otra obra que también escribí y se quedó editando para siempre (risas) y para mí ahí empezó algo de esta obra. Ahora, siendo concreto, un día volví de una clase de la escuela de entrenamiento de Nora Moseinco. Y mientras volvía a casa me quedó dando vueltas en la cabeza una frase que ya no está más en la obra, pero que decía “El mal sustancioso que nos aqueja”. Lo siguiente que me vino fue “Escena 2: Federico espera en el altar de casamiento”. Esas dos cosas fueron las primeras que aparecieron. Después de tres meses más o menos tenía doce páginas, un final, y chicos con los que quería trabajar. Y cuando ellos me dijeron que sí, escribí seis páginas más.
—¿Y cómo apareció Otelo dentro de la obra?
—Otelo es una obra que me gusta mucho. Cuando estaba escribiendo una escena entre Lucía y Matías llegué a un punto en el que era tan incómodo lo que pasaba e iba tan a ningún lado que yo ya no sabía qué escribir. Y para mí leer siempre es muy estimulante, así que me dije: voy a volver a leer Sueño de una noche de verano, Otelo, y Bodas de sangre. Y cuando en Otelo aparece la escena en que todo dicen “infiel, infiel” sentí que conectaba sensorialmente con el final de otra escena. Era una escena que me parecía muy divertida. Me gusta que las cosas sean divertidas. Por ejemplo, antes en lugar de la canción de Sabina teníamos una canción de cumbia que decía (canta) “despojate de toda esa ropa que no me deja ver” (risas) que es una frase que me parecía muy buena para la actuación. El año pasado nos parecía muy divertida, pero ahora quizá abría mucho el sentido así que metí la de Sabina que dice (canta) “morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres”. También en un momento apareció el parlamento de Shakespeare “Si alguna vez mis acciones dieran indicio de los ocultos pensamientos de mi alma, colgaría de la manga mi corazón para darle alimento a los cuervos. No soy lo que parezco”, que tenía que ver con otro personaje que ya no está en la obra.

—¿Te costó tomar esas decisiones que transformaron la obra del año pasado y la de ahora?
—Algunas me costó porque pensaba que podía ser nerd o pedante. Pero después me dije bueno, son las cosas que me gustan y si tienen lugar quiero que estén en la obra. Siempre son cosas conversadas con los chicos. También por ejemplo la obra estaba muy fragmentada y se las di para leer a Valen (Grizzuti) y Mía (Miceli), que tienen una vocación de maestros, y los dos me propusieron que fuera menos fragmentada y más de corrido. A los demás les parecía que la obra estaba pidiendo eso, así que me pareció que había que ir por ahí entonces.
—¿Cómo trabaja la obra el tema del deseo? En Tara hay un anhelo de ritos, de hacerse ilusión con la ceremonia.
—Sí, la ilusión, y me alegra que lo menciones, porque es un tema que me conmueve. Encontré en el tema del casamiento la posibilidad de armar el paisaje o el abanico que es la ilusión, el deseo, querer tanto algo, qué pasa cuando eso que querés se cae de pronto, cuando esa imagen de la ilusión se desarma y se va
—Sí, queda resonando en algún momento el parlamento de Otelo en el que dice “Y si el robado no conoce el robo, ¿qué le importa que le hurten? “como si la ilusión de, en este caso, pasar por el casamiento, fuese en sí misma tan deseada que mientras nadie se entere de los pormenores y las miserias de la pareja, puede seguir sosteniéndose felizmente.
—Es que esos misterios que se revelan en la obra surgen de haber releído a Otelo. Lo volvés a leer y es como “che, pero todo ya está dicho acá por Shakespeare”. Para mí la categoría ilusión es la más atinada para esta obra y es ahí que para mí también entra el cuerpo. El cuerpo tiene la capacidad de inventar, de crear ilusiones y sentir también cuando esa ilusión cae o se rompe. Si yo estoy casado con una mujer y le digo que le fui infiel, eso entra en contacto con su sensibilidad, con su cuerpo. El cuerpo responde ante esas sensaciones que se producen en lo social. Esas reacciones del cuerpo ante el fatalismo me encanta en la actuación. Esos momentos en que alguien se toca el pecho ante una noticia. Al cuerpo lo despiertan las ilusiones, cuando están vivas o se rompen.

—Bueno, Tara tiene un muy buen texto, pero sobre todo es una obra física. Los personajes a veces cumplen el acuerdo social del saludo en apariencia, pero en verdad el contacto físico de esos momentos son equívocos porque llegan tarde o son confusos.
—Es un problema de la civilización, directamente. No sabemos conectar o vincularnos con el otro. Para mí saludar es una cosa muy compleja (risas) porque está el abrazo, el beso, la mano, y entre varones también siempre es un tema eso. Esos acuerdos sociales son también una actuación (representa un saludo de manos fallido. Risas).
—El fallido entre los vínculos, sus expectativas, sus convenciones…
—Exactamente. El fallido de los vínculos. Cómo por ejemplo el vínculo de una pareja está determinado por el nombre “pareja”. No nos interesa decirle a nadie cómo es que tiene que sentir y vincularse, a penas podemos con nosotros mismos (risas) pero la idea es jugar con eso.
—La obra tiene una poética muy linda y que va cambiando. Al principio la música en vivo le dio un aire tennesseewilliamsiana (risas) y después se movió hacia otro lado y Los Ángeles Negros. Cuéntame sobre la música en Tara.
—El músico también es el asistente de la obra. Me gusta decir que es el corazón de la obra. Que ocupe ambos lugares, el de músico y asistente, fue una decisión precisamente para que la música sea el corazón de la obra. Los sonidos nos movilizan de tal forma que a veces uno se siente y se mueve a partir de un lugar distinto. En la actuación y en la vida. La música es física pura, toca físicamente el cuerpo y por eso te mueve. Sobre el lenguaje de la música en la obra, para mí tenía que haber algo metálico, algo de las campanas, y el saxofón me gusta mucho y Sera es un gran músico. Yo tenía cierta idea de los ritmos de las escenas. En alguna escena me parecía, por ejemplo, que sonaba un (Pato reproduce un compás de ¾) pam pa pa (risas) y todo eso funcionó en diálogo con Serafin.
—Me encanta la relación de lo metálico. No debe haber nada más estridente que un casamiento…
—Sí, en las campanas, en lo metálico y en lo estridente hay algo de casamiento. Y también de sueño.
